—¡Á ver, hombre!

—¡Vamos á ver!

En vista de lo visto, podemos retirarnos nosotros en la ciega confianza de que el asunto no pasará á vías de hecho; y sírvate de gobierno que si en este pueblo se cumpliera todo lo que se promete en el capítulo de amenazas, apenas quedarían hoy en pie los gigantes chopos de la Alameda y la casa del Pasiego. Conste así en honra y prez de mis pacíficos paisanos, por más que sean disputadores incansables. De mil pendencias entre ellos, en noventa suenan bofetadas y en diez sale la navaja á relucir. De éstas, en cinco se envaina el arma sin haberla usado; en cuatro se hace sangre con ella, y en una se hiere de gravedad; y cuando el juzgado se presenta á recoger lo que queda sobre el campo, resulta casi siempre que el agresor es forastero. No podrás negarme que esta estadística es consoladora, si se compara con las de otras provincias en que, sin duda porque se vocea menos, se desbarrigan los hombres por un quítame esas pajas.

Y andando, andando, hemos venido á dar enfrente de la cuesta de Garmendia, ó del Cordelero. Tomémosla á pechos. Ciertamente que nuestros abuelos debían de tenerlos muy robustos, ó estaban muy atrasados en materia de rasantes, cuando convertían en calle un precipicio como éste, sin más preparativos que construir en él dos filas de casas y cubrir el suelo con una capa de morrillos desiguales.—Tápate ahora las orejas, porque estas mujeres que bajan la cuesta braceando y cerniendo las faldas con el exagerado contoneo de sus caderas, van á echar un cantar, ó faltarán á la costumbre, y tú no debes oirle: ahí le tienes. Me alegro que hayas sido sordo por este instante, pues si la música de la canción te hubiera sacado chispas de los oídos, la moral de la copla te hubiera achicharrado la vergüenza... Y repara qué bien fructifica lo malo cuando se siembra á tiempo, en este rapaz que apenas tendrá siete años; ¿á que no me dejaba á mí publicar, sin correctivo, el Código penal, y haría bien, la copla que él ha entonado á toda voz impunemente? Y eso que yo no ofendería más que á algunos cuantos lectores, al paso que los nocturnos cantares callejeros escandalizan á todo un pueblo.—Hemos llegado á la cúspide: descansemos un instante, y en el ínterin, mira qué buen efecto hacen allá abajo las
luces de la calle del Correo, y enfrente, en lontananza, la negra línea de árboles del paseo del Alta.

Este edificio obscuro, jiboso y carcomido que hallamos al doblar la esquina, es la cárcel; nada tengo que decirte de ella, porque eres hombre honrado; sin embargo, apostaría una oreja á que te infunde á tí más horror que á los reos que la habitan ó á los pícaros que la merecen. Verdad es que sin éste, al parecer contrasentido, no habría delitos sobre la tierra; y el ser en ella hombres de bien, como tú y yo, no tendría mérito alguno.

Ni el hospital, ni el cementerio, á los cuales nos conduciría esta calzada de la derecha, tendrán á la hora presente el menor atractivo para nuestra curiosidad, que seguramente no va buscando ayes de agonía ni blandones funerarios. Echemos por la izquierda, y cátanos de patitas en la calle Alta, venerable resto de la primitiva Santander; desvencijado, vacilante y hediondo albergue de los mareantes del Cabildo de Arriba, sempiterno rival del Cabildo de Abajo, ó sea de los mareantes de la calle de la Mar.

La ebullición civilizadora del centro ha lanzado hasta aquí algunas lavas que á duras penas han logrado ingerirse y arraigarse, en forma de casas nuevas, entre este laberinto de balcones ruinosos, de aleros retorcidos, de jarcia, de aparejos y de pestilentes residuos de parrocha. Para que te formes una idea de cómo se vive en estos carcomidos palomares, puedes asomarte á la puerta de uno de ellos. Ese grupo que ves en el fondo, especie de caverna alumbrada por mortecino candil, es una familia que se dispone á descansar de las rudas faenas de todo el día, quizá sobre el duro suelo del miserable recinto, ó, á todo tirar, sobre una semi-desnuda cama el matrimonio, y sobre un montón de redes los demás. Por esta derrengada escalera se sube al primer piso, en el cual vivirán por lo menos dos familias, y continuará la escalera hasta el segundo, y allí se cobijarán sabe Dios cuántos individuos; y se ramificará hacia arriba y hacia la derecha y hacia la izquierda, y en todos los pisos hasta el quinto, y en todos los cabretes y rincones, y en las buhardillas y hasta en los balcones, habitarán pescadores oprimidos, sin luz, sin aire... y sin penas, felizmente, pues á tenerlas, producidas por la idea de su condición, no las sufrieran vivos muchas horas.

Y en prueba de que en este barrio no padece el ánimo gran cosa, repara con atención el cuadro que presenta la calle, la bulla que en él reina. En aquel portal cantan dos sardineras; canta en el balcón de allá un pescador; canta también en el de al lado un muchachuelo; conversa alegremente una familia desde aquella buhardilla con la que vive en la de enfrente; y aunque riñen acá dos mocetonas y se arañan otras tres en medio del arroyo, y en la taberna disputan dos pescadores, y gime un rapaz en esta bodega, ni la riña, ni los arañazos, ni los juramentos, ni los gemidos, reconocen por causa la menor pena: para reñir, arañarse y llorar en estos sitios, basta un poco de terquedad contrariada, y sobra un exceso de alegría. Dentro de una hora quedará todo esto en silencio; á las tres de la mañana recorrerá la calle el avisador gritando: «¡apuya!» y se levantarán los pescadores y se harán á la mar sobre sus lanchas, á robarle, con frecuente riesgo de sus vidas, el sabroso pez que tú puedes comer al mediodía, y que de fijo comerás, sin parar mientes en los ímprobos trabajos que ha costado llevarle hasta la plaza donde tu cocinera le adquiere regateándole cuarto á cuarto.—Y así todo el año, excepto tres días, desde la víspera de San Pedro, patrono del Cabildo, hasta el subsiguiente inclusive. Entonces se alquila el tamborilero de la ciudad, se lanza todo el barrio á la calle, corre por ella el vino, entóldanla gallardetes y banderas, se encienden hogueras por la noche, tiembla el suelo con los bailes, llenan el espacio cantares y cohetes, se come en las tabernas, se duerme allí donde el sueño acomete, y si no se echa por la ventana la casa, es porque nadie se acuerda de entrar en la suya mientras duran las fiestas. ¡Bendita sea la Providencia Divina!... ¡Zambomba! algo te ha llovido encima del sombrero... ¿Á ver?... Las tripas de una sardina; pero no te extrañe el suceso, pues como estarán desbandullando muchas en el balcón de encima y son raros en esta calle intrusos como nosotros, estas buenas gentes arrojan á ella las inmundicias sin escrúpulo ni reparo... Para huir de éste y otros inconvenientes no más aseados, conviene que salgamos de aquí cuanto antes.

Ya estamos en plena civilización otra vez, y á fe que no lo deducirás del cantar que de entonar acaba ese mozalbete de blusa... ¿Te va chocando tanta música popular? Esperaba que me lo dijeras. Pues has de saber que aquí se canta toda la noche... y todo el día. Canta la fregona al ir á la fuente y en el fregadero, y canta el peón cuando trabaja y cuando deja de trabajar, y el aprendiz de zapatero cuando va de «entrega», y el vago que se cansa de serlo, y el motil ó grumetillo que vuelve á bordo, y el oficial de sastre y todos los jornaleros de todos los géneros y categorías en cuanto se echan á la calle... y no te incluyo en esta música, que es de pura afición, á los artistas de profesión, como los indígenas ciegos de vihuela, y los de gaita y lazarillo con panderetas, exóticos, de la provincia, que en ciertos días de la semana, como el sábado, aturden la población. Y si de ella sales ahora, oirás cantar al carretero en el camino real, y al mozo que ronda la casa de su moza, y al sacristán que va á tocar á las oraciones, y al enterrador que abre una fosa... y á todo bicho viviente; que aquí, como en ninguna parte, se evidencia la admitida opinión de que los montañeses de todo el mundo son bullangueros y danzarines de suyo.

¿Por qué te sobresaltas? ¿Crees que el ruido que se oye procede de algún escuadrón de demonios que se ha escapado del infierno con todos sus chismes de freir y de tostar? Pues es lisa y llanamente una cencerrada que se está dando en la calle contigua á algún viudo que se ha casado hoy en ella. Acerquémonos y verás... Calderas, bocinas, cencerros, campanillas, regaderas... de todo lo más acre, estridente y ruidoso en materia de sonidos hay en esta infernal orquesta... Ahora cesa la instrumentación y comienzan las voces solas.