Pero el muy zopenco, en lugar de agarrarse á tan sencillo y placentero goce, que estaba á dos deditos de su mano, apresurábase á darle al olvido como una mala tentación, empeñado en que, ya que era rico, debía vivir «como un señor».
Y para remachar más y más el clavo de su majadería, dábase al blanco con mayor empeño, y engordaba, es decir, se abotargaba más y más cada día; tanto, que entorpecidas sus fuerzas y debilitada en extremo su cabeza, y no atreviéndose á trepar por la escalera de su cama, se había visto precisado á ir quitándola colchones para hacer menos expuesta la subida.
Tres tenía solamente cuando Paula, que ya no pensaba porque estaba hecha un madero seco, le llamó un día desde la solana, donde estaba encogida como un ovillo y bebe que te bebe agua dulce.
Acercósele Blas con mucho trabajo y con gran sorpresa, porque su mujer hacía dos meses no pronunciaba otra palabra que «agua».
—¿Qué quieres?—le dijo cuando se halló á su lado. Paula, sin levantar la vista del suelo y manoteando al aire, contestó con voz débil y cavernosa:
—Quítame estos azucarillos que están cayendo alreguedor de mí.
Blas se hacía todo ojos, y así veía azucarillos como mamelucos.
—¡Uf!—exclamó Paula;—agora me ha caído en la cabeza uno que pesa media arroba... Y también tengo un bizcocho atravesao en el pasa-pan...
Blas se restregaba los ojos para ver más claro; pero ni por esas.
Paula continuó: