Ni las observaciones del señor cura ni las de don Canuto, únicas personas que penetraban en la casona, pudieron convencerlos de que se estaban matando con semejante método de vida; que había otros goces muy distintos del dulce y del vino blanco, al alcance de su caudal, si querían reformar su educación, y, por último, que treinta mil duros, disfrutados como ellos los disfrutaban, lejos de ser una fortuna, eran una calamidad.
Hacía ya un mes que Paula no hablaba más que lo puramente preciso, por lo cual no contestaba nunca á estas observaciones. En cuanto á Blas, sostenía, y sostenía desgraciadamente la verdad, que Dios le había hecho así y que le era imposible amoldarse á otras costumbres más refinadas.
Y pasábanse los días, y Paula no se saciaba de bizcochos y agua con azucarillo, y bajaba el color de su cara, y enflaquecía su cuerpo y se abatía su ánimo; engordaba el morrillo de Blas, y subía el color rojo de sus narices, ojos y mejillas; crecía su afición al blanco y á las siestas sobre los colchones, enronquecíasele la voz y se iba haciendo su paso más lento y más inseguro. Llegó el caso de no cruzarse en todo un día una sola palabra entre ambos esposos, que apenas salían el uno de la solana y el otro de la alcoba, en los cuales sitios se entregaban, con la fiebre de la pasión, á sus respectivas devociones.
Dejaron de visitarlos el cura y don Canuto, porque al entrar en la casona no hallaban con quién hablar; continuaron en el pueblo criticándolos y calumniándolos unos, compadeciéndolos otros y conviniendo el resto en que la herencia del indiano había sido para los herederos como una maldición de Dios, lo cual era la pura verdad.
Y aquí tiene el lector explicada la causa de la situación física y moral en que hemos visto á nuestros personajes al comenzar este capítulo.
El médico del partido se propuso algunas veces poner en cura á la pobre Paula, que indudablemente caminaba á un fin desastroso; pero siempre tuvo que desistir de su noble plan, porque para llevarle á cabo era preciso empezar por proscribir de la casona los bizcochos y los azucarillos, y Paula no creía, aunque se lo jurase la ciencia de curar, que el dulce hiciere mal á ningún cuerpo humano.
Blas opinaba lo mismo respecto del vino blanco, y ambos atajaban los razonamientos del médico que quería ponerlos en cura, con el siguiente argumento que no dejaba de ser lógico, á la cerril usanza:
—¿No dice usté que un poco de dulce y un poco de vino hacen provecho, no digo á un sano, sino á un enfermo? Según esto, mucho vino y mucho dulce deben hacerle mucho más.
Y de aquí no salían estos majaderos, ni á palos.
Con muchísima frecuencia recordaba Blas aquellos felices días pasados entre las faenas agrícolas de sus tiempos de pobre, y hasta el alma le retozaba de placer cuando se imaginaba que tenía una pareja de cuarenta doblones, con anchas colleras de campanillas, y una carreta ligera y bien claveteada, con pértiga, de armadura vizcaína; que él iba con la aguijada al hombro por el camino real al lado de sus bueyes, echando un cantar al son de las campanillas; que tenía además una cabaña de vacas gordas y relucientes, y un cierro de doscientos carros de tierra con pared de cal y canto, y que iba al corro los domingos con un puñado de siemprevivas en el sombrero, al lado de Paula, que relinchaba de contenta.