Recomiendo su consejo á los que, siendo felices en la pobreza, reciban una visita de la caprichosa fortuna; en la inteligencia de que es más difícil que adquirir grandes riquezas, el saber gastarlas.

EL BUEN PAÑO

EN EL ARCA SE VENDE

Tengo el gusto de presentar á ustedes á la señora doña Calixta Vendaval y Chumacera, de Guerrilla y Somatén, mujer de cincuenta eneros cumpliditos, enjuta de carnes, pálida de cutis, sutil y hasta punzante de mirada, y bajita de estatura.

Dice á cuantos se lo preguntan, y á muchos más, que su marido es coronel retirado del ejército de la Isla de Cuba, en donde ganó el grado rechazando la invasión del filibustero López; pero yo sé de buena tinta que el señor Guerrilla y Somatén no pasó jamás de teniente con grado de capitán, carrera, en mi concepto, brillante para un hombre que, como el marido de doña Calixta, procede de la clase de tropa y es además muy bruto y muy feo. Pero doña Calixta no es de esta opinión; y lejos de ello, es capaz de arañarse con cualquiera que se atreva á poner en duda que su marido es un hermoso y bizarro militar que tiene tres galones como tres luceros. Sírvales á ustedes de gobierno esta circunstancia, especialmente en este instante en que van á ser presentados por mí á la familia de aquella señora.

Tres hijas y un hijo tiene doña Calixta. La mayor de las primeras pasó ya de los treinta abriles, aunque ella, como es de rigor, lo niega á pie juntillo: es rubia, bastante flaca y sobradamente marchita; se llama Pilar y hace doce años está en relaciones con un teniente de infantería que desde que era alférez espera el empleo de capitán para casarse con ella.—La segunda, Trinidad, Trini llamada, por apócope, entre sus amigas y su familia, es trigueña, también enjuta, y frisa en los veintisiete. Ésta muda de adoradores con más frecuencia que su hermana: en cinco años ha recorrido casi todas las clases de servidores del Estado: últimamente ama desesperadamente á un auxiliar de aduanas que, por no alcanzarle el mezquino sueldo para cubrir las exigencias de su pasión, negocia más empréstitos que el Gobierno y tiene más ingleses que Gibraltar.—La tercera se llama Leonor: es más bonita y más fresca que sus hermanas, de quienes ha conseguido hacerse llamar Leonora. Delira por Il Trovattore... y por un escribiente sin sueldo, sólo porque lleva por nombre Manrique.—El cuarto vástago de doña Calixta es un gaznápiro de doce años, destrozón, sucio y díscolo: hace seis que va á la escuela, y todavía no sabe leer; pero es capaz de beberse, sin resollar, dos copas de ron, si se las pagan, y se fuma cuantas colillas encuentra en la calle: se le educa para militar, y es mucho más bruto y más feo que su padre; se llama Augusto, y jamás se ha visto un nombre peor colocado.

Doña Calixta tiene algunas posesiones en la Montaña, heredadas de un su tío, cura párroco que fué de un pueblecito de Trasmiera, y bajo cuyo amparo estaba dicha señora cuando se casó con Guerrilla, que era entonces sargento con grado de oficial. Con lo que estas haciendas producen, que es bien poco, y el retiro de Guerrilla, vive en Santander la familia de doña Calixta, feliz y satisfecha... si hemos de juzgar por lo que se ve.

Ni la sediciente coronela ni sus hijos han salido jamás de la capital de la Montaña, no sé si por apego de la primera á la tierruca, ó por razones de economía: lo cierto es que Guerrilla, con quien parece haberse complacido el Gobierno, haciéndole correr toda la Península y provincias ultramarinas, no ha llevado consigo en sus largas peregrinaciones más familia que el asistente y la Ordenanza, ni ha gustado los placeres del hogar doméstico, en cuarenta años de carrera, más que durante cinco meses, tiempo de otras tantas licencias temporales que pudo obtener. De aquí que las hijas de este buen señor sean conocidas siempre en los círculos santanderienses por las de doña Calixta, y jamás por las de Guerrilla. Y me alegro de haber hablado de este asunto, porque no faltan lenguas que aseguren que el no citarse nunca con el nombre de Guerrilla á su familia, consiste en que ésta se preocupa muy poco del pobre retirado, y hasta que es ella también la causa de que el teniente con grado de capitán se pase los once meses del año en las haciendas de su mujer entregado al cultivo del repollo y de algunos frutales, y al cobro de las rentas que producen unos cuantos prados de regadío y dos casitas de labranza.