Estas mismas lenguas, que pertenecen á ese grupo heterogéneo y multiforme que se llama público, son las que más consumen la paciencia de doña Calixta, que no es sorda, con ciertas voces que hacen correr, interpretando maliciosamente hasta los actos más triviales de la familia de la coronela. Hay que convenir en que con ciertas «gentes» no hay tranquilidad posible. Estas «gentes» son las que en todo pueblo, grande ó pequeño, pero especialmente en los que son ilustradas medianías, entre corte y cortijo, llevan á cada vecino una cuenta corriente, en la cual aparecen consignados los más insignificantes gastos al frente de los más mezquinos ingresos; y, como si ellas lo pagaran, alcanzan el cielo con las manos en cuanto exceden en un céntimo los primeros á los segundos. Pues bien: estas gentes son las que más muerden á todas horas á las de doña Calixta, porque á pesar de sus cortísimos recursos habitan una gran casa, dan reuniones de vez en cuando, visten siempre á la moda, frecuentan bailes y espectáculos, y se pasan todo el santo día de Dios visitando tiendas y recorriendo calles. ¡El diablo son estas «gentes!»
Un deber de amistad me obliga á tomar cartas en este juego, si no para vindicar completamente ante el público á la familia del buen Guerrilla, para dejar, al menos, las cosas en su verdadero terreno.—Vamos por partes.
Cobra doña Calixta por rentas de sus haciendas y retiro de Guerrilla, diez mil reales, pico más ó menos.
Esto lo saben «las gentes» tan bien como ella, y, en su consecuencia, se escandalizan de que no viva en una casa retiradita para que sea barata. Y aquí me cumple á mí decir que la gente apunta bien, pero no da.
Es verdad que la casa que habitan las de doña Calixta está en una de las calles principales, y ostenta gran balconaje y ancho y lustroso portal; mas lo que no saben «las gentes» es que la tal habitación sólo consta de una salita con dos alcobas, de otra obscura en el carrejo y de un reducidísimo comedor junto á una exigua cocina con sus aún más exiguas dependencias: total, que el cuarto que habitan las de doña Calixta no tiene más que fachada, razón por la que sólo les cuesta cinco realitos diarios. También es cierto que por este mismo precio se podía hallar en las calles excéntricas de la población una casa mucho más desahogada y cómoda y saludable; pero las de doña Calixta prefieren la que habitan por cuestión de lustre, que al cabo es un gusto tan respetable como el que más.
Y continúan «las gentes:»—«El lujo y los moños que gasta esa familia, planchado, fregado y servidumbre que esto exige, requieren gastos que no pueden cubrirse con lo que resta de los diez mil reales después de satisfechas las atenciones indispensables de una casa...».
Otra exageración que vamos á demostrar.—Consideren ustedes que en casa de doña Calixta no hay siquiera una mala criada, pues allí se arreglan todos con la aguadora, para lo más esencial, merced á un cortísimo sobresueldo que se le da. Ella hace la compra diaria de plaza, enciende el hogar, pone al fuego el sencillísimo puchero, friega por la tarde la vasija y hace los recados. El resto queda á cargo de doña Calixta y sus hijas; y el resto se reduce simplemente á que se dé la primera una vuelta por la cocina, al sonar la una, para sazonar el puchero y hacer la sopa, poner en seguida la mesa y servir de un solo viaje toda la comida, compuesta de sota, caballo y rey, como decían los estudiantes de tricornio y cuchara de palo; y al avío de la casa, que es de cuenta de las chicas. Esta operación se despacha en un cuarto de hora. Ya he dicho que en la tal casa no hay más que tres alcobas; debo añadir ahora que en éstas sólo hay dos camas: en la una duermen las tres chicas, y en la otra doña Calixta y Augusto. Por lo que hace á Guerrilla, las pocas noches del año que pasa con su familia se arregla como puede en un catre de tijera que se habilita en el cuarto obscuro. De manera que se reduce el avío á mullir dos camas, barrer los suelos y quitar los polvos. La ropa blanca da poquísimo que hacer, pues no hay más que la que está en uso y otro tanto que se llevó la lavandera. En cuanto al planchado de las enaguas, ocurre una vez cada semana y le hacen las chicas, que no quieren privarse ni de sus paseos ni de sus otros placeres cuotidianos, á las altas horas de la noche del sábado.—¿Qué despilfarro... de dinero encontrará en todo esto el más roñoso fiscal?—Pues pasemos ahora al ramo de vestidos y moños.
El menos avezado á examinar los caracteres del lujo, podrá notar, si se fija un poco en los trajes que usan generalmente las de doña Calixta, que éstos son de género marchito y de color enfermizo; que les falta esa tersura fresca y rechispeante que distingue los de las verdaderas elegantes, cualidad que es la voz, digámoslo así, que va pregonando por calles y paseos:—«Estos trapos nuevecitos acaban de salir del taller de la modista, y están cortados y sazonados con arreglo á los preceptos más severos de la última moda».
Las hijas de Guerrilla, sépanlo ustedes, dan treinta vueltas á sus trajes y prendidos: ora les ponen lo de abajo arriba, ora lo de arriba abajo, ora atrás lo de delante, ora lo de dentro afuera; para las cuales operaciones tienen una costurera baratita, que posee además la gracia de darlas exacta noticia de lo poquísimo que ellas ignoran en cuanto á crónica local: verbigracia, matrimonios en ciernes, idem en crisis; «jóvenes» recién llegados á la población, con qué figura, empleo y sueldo; si dejan novia en el punto de su procedencia, etc., etc.; si se proyecta algún baile; si se fueron ó no los forasteros que pasaron por su calle más de tres veces el día anterior; dónde se han hecho y cuánto valen los vestidos que llevaron al paseo el domingo último las de X ó las de Z; si se pagaron ó si se deben, etc., etc... Tal es el misterio que envuelve el lujo de las de doña Calixta; misterio que deben tener en cuenta las gentes que se escandalizan de verlas, lo menos una vez cada día, revolviendo géneros en las tiendas de modas. Harto se deja comprender, después de lo dicho, que si bien son la desesperación de los horteras, por lo que les hacen plegar y desplegar, en cambio, de higos á brevas compran algo; de lo cual, sin que yo se lo demostrara, debían estar convencidas «las gentes», si se tomaran la molestia de observar cómo estas chicas se despiden en los establecimientos que frecuentan:—«Conque dice usted que el último precio de este corte es tal, y el de este otro cuál, y que nos dará en tanto las mangas y en cuánto los pañuelos... Corriente. Pues en consultándolo con mamá nos decidiremos y le pasaremos á usted el recado por la muchacha». Así se despiden generalmente las de doña Calixta en las tiendas de modas; y sabido es en toda tierra de cristianos lo que semejante despedida quiere decir.
Que doña Calixta da reuniones: convenido; pero vamos á ver cómo las da. Invita una vez cada semana, durante el invierno, á todos sus conocimientos íntimos, que están reducidos á tres ó cuatro familias de la índole de la suya, y á una porción de empleados de cortísimo sueldo, jóvenes imberbes los más de ellos, que hacen alguno que otro soneto por Semana Santa ó alguna décima por Pascua de Navidad. Como la sala es pequeñísima, fuera ocioso convidar á más personas. Las que en ella se reúnen la llenan de bote en bote. Empieza la «soaré» á las ocho de la noche, y son los primeros que á ella asisten los dos futuros yernos de doña Calixta; y digo los dos, porque el teniente muy rara vez se halla en la ciudad. Excuso decir que en la «soaré» se baila mucho; pero como en la casa no hay piano ni siquiera una mala guitarra, se ha convenido en que los mismos que bailan tarareen el aire, en el cual ejercicio se ha captado el joven Manrique la honrosa calificación de «ruiseñor». Por eso es muy frecuente oir entre la confusión de estos bailes éstas ó parecidas exclamaciones: «No apriete usted mucho, no me haga usted reir, no me distraiga usted, porque voy á desafinar».