La sala está alumbrada por un quinqué que consume un cuarterón de aceite, y en el comedor arde una bujía de estearina; junto á la bujía hay una bandeja, y en la bandeja un paquete de azucarillos y media docena de vasos llenos de agua. Á esto se reduce todo el gasto que hace doña Calixta en cada reunión que da á sus conocimientos.

Y ya que de estas reuniones se trata, creo que estoy en el deber de citar el rasgo que más las distingue. Éste consiste en alguna barbaridad de Augusto. Augusto, cuando ha pasado el día corriéndola fuera de la ciudad, vuelve á casa rendido y jadeante, y se acuesta al anochecer. Cuando esto sucede en noche de reunión, es segurísimo que al darse la primera vuelta en la cama, á eso de las nueve y media ó las diez, es decir, cuando la tertulia está más en punto de caramelo, arma el gran escándalo, comenzando á gritar de improviso desde el fondo de la alcoba, junto á la cual se entretienen tal vez algunas parejas en dulces y sentidos conceptos amorosos.

—¡Ayyyrrr...re san Bruno!!... ¡Mamá!!

Doña Calixta palidece y entra corriendo en la alcoba, cerrando apresuradamente la puerta.

—¡Calla, condenado!—dice muy bajito, pero con mucha rabia, al energúmeno.—¿Qué mil diablos te pasa?

—¡Que me comen vivo!—responde Augusto, gritando mucho más alto.

—Pero ¿quién te come, alma de Lucifer?

—¡Las pulgas!... ¡¡las chinches!!...

—¡Hijo de los demonios!—exclama doña Calixta, tapando la boca á Augusto, que cada vez grita más;—¿no ves que está la sala llena de gente?

—Que se vaya al infierno esa gente; yo no tengo nada que ver con ellas... ¡Hambrones, que vienen aquí á llenar la tripa de azucarillos!...