Doña Calixta, en el colmo de la ansiedad, pone una almohada sobre la boca de su hijo y le sacude un par de puñetazos. Pero el gaznápiro se desprende con rabia de la blanda mordaza, y grita más recio:

—¡Esto no es cama!... ¡Esto es un bardal! ¡y la culpa de ello la tienen esas pingolondangas de mis hermanas, que son capaces de vender las sábanas por un moño!

La coronela, no sabiendo ya cómo tapar el resuello á aquel ganso, le echa encima toda la ropa del colgador y hasta las sillas, y se vuelve á la sala; pero su hijo, derribando al suelo de un respingo todos los trastos que le sofocaban, coge una bota, tira con ella á su madre y la pega en el occipucio, en el instante en que esta atribulada mujer abría la puerta de la alcoba. Doña Calixta aparece en la sala haciendo que se ríe con las bromas de su hijo; pero la tertulia se ha comido la partida, á pesar de los esfuerzos que han hecho para desorientarla las chicas de la casa durante la refriega, y no acepta de todo corazón la sonrisa de la mamá.

Si Augusto no está en la cama cuando hay reunión, todavía son más temibles sus inconveniencias. Á lo mejor se presenta descalzo, ó en camisa, en medio de la sala, pidiendo, por ejemplo, el cordel de su trompa, empeñándose en que alguna de sus hermanas se le ha cogido para amarrarse las enaguas; trata á sus tertulianos á la baqueta; les dice que se larguen á la calle porque quiere cenar; les cuenta que la cena no tiene arte ni substancia, y que sus hermanas no piensan más que en emperejilarse, y que no tienen más camisa que la puesta y otra, y que á veces andan á la greña porque se disputan el único refajo decente que hay en casa, y que rabian por casarse, y que por algo su papá no quiere parar en casa... ¡qué sé yo! porque aquel bárbaro, en cuanto se enfada, no tiene atadero y cuenta lo que sabe y hasta lo que presume. Los tertulianos de doña Calixta, con estas escenas que tienen lugar infaliblemente en todas las reuniones que da la coronela, sudan la gota gorda de pura vergüenza... pero siguen asistiendo á ellas á pesar de todo.

Y demostrado ya que estas reuniones, si bien originales, no son caras, pasemos al asunto de los espectáculos.

Al decir «las gentes» que las chicas de Guerrilla asisten á todos los de pago, las calumnian. Yo sé que los frecuentan poquísimo, y esto con su cuenta y razón. Por ejemplo: sabe doña Calixta que una familia muy conocida suya se dispone á ir al teatro; pues pasa un recado á la señora, concebido en estas palabras, que la aguadora que le lleva va repitiendo por el camino:

«De parte de doña Calixta, que tome usted otra luneta para la señorita Pilar, que ella le abonará á usted el importe mañana, y que cuando ustedes vayan al teatro, que se pasen por su casa para acompañarla».

La luneta se compra, y la hija de doña Calixta va á ocuparla. Pero ¿con qué cara le pide á la coronela al día siguiente la familia pagana un par de pesetas, á pesar de las instancias de aquélla?

—Me quita usted la libertad, con este desaire, para incomodarlas otra vez,—dice, como si realmente estuviera ofendida doña Calixta.

Y con esta moneda paga de ordinario el teatro á sus hijas: razón por la que siempre las verán ustedes en los espectáculos de pago dispersas y agregadas á otras familias; jamás reunidas y en un solo grupo con su mamá.