Su fuerte son los espectáculos gratis y al aire libre. Ellas son las que inauguran los paseos nocturnos de verano en la Alameda Primera, y las que los cierran en octubre. Si hay música en la Plaza Vieja, allí están ellas, con un pañuelo de seda echado sobre la cabeza, rompiendo las masas para examinar hasta la última cara de los circunstantes y el último escondrijo de la plaza. Que por casualidad llegó un batallón que se embarca en este puerto para otro cualquiera del reino: allá van ellas junto á la plana mayor, á misa y á la revista. ¿Hay procesión? Áones de la carrera. ¿Suena el tamboril? Á la calle, que por algo sonará. ¿Entra en el puerto un buque de guerra? Á visitarle tres veces al día. Para probar á ustedes hasta qué extremo adoran estas chicas el aire de la libertad y lo que suene á broma y espectáculos, básteles saber (y esto me consta por una indiscreción de Augusto) que llevan un libro en el cual tienen anotadas todas las serenatas de rúbrica del año; todas las procesiones, con la demarcación de las calles que recorren y balcones con que pueden contar para verlas; épocas probables de cambio de guarnición; bailes campestres; chicos aceptables, con expresión de sus edades, carácter, posición y figura; funciones religiosas solemnes, etc., etc.

Merced á esta pasión de publicidad que las embriaga, las chicas de doña Calixta son conocidas hasta de la última fregona de Santander, y no hay un ser que respire en este pueblo de quien ellas no puedan dar más pormenores que un agente de policía. Si ellas faltaran una sola vez de un paseo, de una serenata ó de un espectáculo cualquiera, el público lo notaría, sin darse cuenta de ello, como nota el derribo de una casa en una calle, ó de un árbol robusto en la Alameda.—«Yo no sé lo que es», diría, «pero aquí falta algo».

Y ahora que conocen ustedes la vida y milagros de la familia de doña Calixta díganme, desprovistos de toda pasión, si no son unas embusteras «las gentes» que aseguran que las hijas de Guerrilla gastan mucho más de lo que importan las rentas de su madre y el retiro de su padre. ¡Bonito es el genio de doña Calixta para tolerar despilfarros en su casa!

Desengáñense «las gentes:» el gusanillo que roe la tranquilidad de la coronela no es la pasión del lujo por el lujo mismo: es única y exclusivamente el deseo vivísimo, ardiente, voraz, de casar pronto á sus hijas. Doña Calixta es de las madres que creen, como artículo de fe, que los hombres, cuando tratan de casarse, no se fijan en las mujeres si éstas no se les meten á todas horas por los ojos; que prefieren una chica pizpireta y vana, muy emperejilada y compuesta en la calle, aunque en casa no tenga pan que comer ni camisa que ponerse, á una joven modesta, que sepa coser y no salga á la calle más que lo puramente preciso. La señora de Guerrilla cree á puño cerrado que el paño más exquisito no se vende jamás si el pregonero no lo saca á la plaza más orlado y laureado que una colineta; y no hay quien convenza á la infeliz de que, si algo perjudica hasta á los géneros que son buenos, es el pregón incesante de su misma bondad. Por eso no comprende, aunque la maten, que si algo repugna al hombre que desea casarse, es la mujer que le echa memoriales de galas y cintajos por toda recomendación, para que la elija, y prodiga en calles y paseos una belleza que le fascinaría brillando entre las santas paredes del hogar doméstico junto al costurero, detrás de unas cortinillas blancas como los ampos de la nieve. Doña Calixta, en fin, y sus hijas no se persuadirán jamás de que hoy, como nunca, atestiguan los hechos, en la historia de los buenos matrimonios, la infalibilidad del antiguo proverbio que dice: «el buen paño en el arca se vende».

LA ROMERÍA DEL CARMEN

I

Yo deploro ese espíritu inquieto y ambicioso que viene, años hace, apoderándose del hombre; yo abomino ese monstruo de pulmones de hierro que, devorando distancias y taladrando el corazón de las montañas, ha arrojado de nuestros pacíficos solares las tradiciones risueñas y el inocente bienestar de los patriarcas».

Me apresuro á advertir que esto no lo digo yo. Quien lo dice, y mucho más, á todas las horas del día, es mi respetable amigo el señor don Anacleto Remanso.