Necesito decir á ustedes quién es y de dónde viene este apreciable sujeto.
Don Anacleto era allá por el año 15 un mozo perfectamente reputado en el comercio de esta plaza. Tenía excelente letra y manejaba los libros con rara inteligencia. Merced á estas cualidades, su principal le aumentó el modestísimo sueldo que había estado ganando durante doce años, y cuando hubieron pasado seis más, le interesó en los negocios de la casa. Con este pie de fortuna, y gracias á no sé qué plaga que llovió sobre los trigos extranjeros tiempo andando, don Anacleto se encontró de la noche á la mañana con un capital neto de veinte mil duros. Entonces se plantó, contrajo matrimonio con una honesta doncella, su contemporánea; y libre de las penas y zozobras que torturan el alma de los que fían su bienestar en el acrecentamiento de la fortuna, comenzó á gustar las delicias de la paz del hogar, tras una sabrosísima luna de miel.
No hace á mi propósito seguir á este buen señor paso á paso en todos los de su vida hasta el año 48, época en que yo le conocí.
Era entonces don Anacleto un tanto obeso, calvo de occipucio, y sufría de vez en cuando dolores reumáticos, ya en las cuerdas, como él decía, del brazo derecho, ya en la paletilla. Su señora doña Escolástica, aún más gruesa que él, aseguraba que esa dolencia no acababa de curársele radicalmente porque no podía la buena señora conseguir que su marido conservara puesta durante el verano la almilla de bayeta que gastaba sobre la carne durante el invierno. Á este remedio debía ella, según decía, la modificación que notaba últimamente en sus periódicos accesos histéricos.—Pero esto no nos importa gran cosa, y vuelvo al asunto.—Don Anacleto y doña Escolástica tenían una hija y un hijo. La primera gozaba en la vecindad fama, bien adquirida por cierto, de «guapa muchacha»; y aquí, en confianza, debo decir que no tenía otra cualidad que digna de notar fuese. El segundo, más joven y más feo que su hermana, se prometía un buen porvenir en la casa de comercio en que se hallaba colocado, seis años hacía, por amistad de su principal con don Anacleto.
Esta familia vivía en un piso segundo de la calle de Atarazanas, y tenía en la sala sillería de cerezo con asiento de tejido de cerda negra sobre mullido de pelote; alfombras catalanas junto al sofá y la consola; sobre ésta, dos floreros, cuyos ramilletes eran de obleas y hechos por «la chica»; un espejito sobre ellos, de vara en cuadro, con marco dorado; un estuche con incrustaciones de nácar, debajo del espejo; delante de los fanales de los floreros, dos candeleros de plata sobre redondeles de estambre azul y rojo, de la misma procedencia que los ramilletes de obleas; y por último, en las paredes, media docena de cuadros bordados en seda, representando uno de ellos un perro de lanas, trasquilado de medio atrás, con una cestita llena de flores colgada de la boca. Todos estos cuadros tenían en el fondo el siguiente letrero, bordado también en seda:
«Lo hizo en Santander, en la enseñanza de doña Sempronia Dobladillo, Joaquina Remanso y Resconorio. Año de 1845.»
Tenía para su servicio (hablo siempre de la familia de don Anacleto) criada y aguadora, comía principio todos los días, y asistía al teatro tres veces al año: el día de los Inocentes, el de Año nuevo y el de los Santos Reyes.
Don Anacleto se levantaba poco después de amanecer, se arreglaba, tomaba chocolate, cogía su caña de roten y se iba á oir la misa de nueve á San Francisco. Se daba una vuelta por las calles, leía El Eco del Comercio en el café Español, y se volvía á su casa para comer á la una en punto. Por la tarde salía á dar un largo paseo con sus amigos; á la vuelta, después de ponerse unas zapatillas de cintos en los pies y un gorro de terciopelo azul en la cabeza, tomaba chocolate y agua de naranja, y ya no salía á la calle hasta el día siguiente.—En los de fiesta, si no llovía, después de oir la misa primera en San Francisco, se iba con un par de amigos á cazar pajaritos, disponiendo de tal suerte la campaña, que al dar las doce llegaban á la venta de Rocandial, donde les esperaba un puchero bien provisto, media azumbre de chacolí y una buena tajada de queso pasiego para dejar boca. Tomado este refrigerio, se echaban poco á poco camino de Santander, disparaban de vez en cuando sobre tal cual gorrión ó calandria que se les metiese por el cañón de la escopeta, y llegaban á casa, en paz y en gracia de Dios, al anochecer.—Si en los días festivos llovía, en lugar de irse á Rocandial tomaban dos horas de movimiento en los Mercados del Muelle ó en los claustros de la Catedral.
De higos á brevas don Anacleto dejaba la sociedad de sus amigos para acompañar á su familia á comer una empanadita ó unas tajadas frías de merluza, sobre las brañas de la Magdalena ó detrás de un bardal de Pronillo.
Tal era ordinariamente el personaje que nos ocupa, tales sus aficiones y placeres, sin otro misterio, ni otro repliegue, ni otra solapa; tal era, digo, ordinariamente, porque este hombre, que bien pudiera tomarse por la personificación de la clase media de Santander en la época citada, tenía una semana cada año en que se transfiguraba física y moralmente hasta el extremo de que él mismo se desconocía.