Ocho días antes del domingo siguiente al 16 de julio, comenzaba á salir de casa á horas inusitadas; el sombrero, que siempre llevaba á plomo sobre su cabeza, se le retiraba poco á poco de la frente, y como si huyera de la ebullición que debajo de ella notase, se echaba hacia la coronilla. Sus ojos, siempre fruncidos y dormilones, se abrían desmesuradamente y brillaban como ascuas en la obscuridad; los ángulos de su boca se iban arrimando más y más á las orejas, y el arco de las cejas se elevaba, frente arriba, como si éstas quisieran alargar el pelo que les sobraba á la cabeza que no le tenía; daba, al andar, grandes golpes de regatón con el de su caña sobre las losas de la calle; se detenía delante de todas las tiendas donde se vendían cintajos, cascabeles, plumas de color ó corbatas de fantasía; examinaba con afán estos artículos, compraba algunos y dejaba con pena los demás; miraba á las chicas guapas con ojos tiernos; detenía á todos los amigos que encontraba, y echándoles las manos sobre los hombros, les decía:—«Supongo que no faltarás; cuento allá contigo»; á lo cual el interpelado, si no tenía un luto reciente ó no le esperaba de un momento á otro, contestaba con el tono más solemne que podía:—«Eso no se pregunta á ninguna persona de gusto: primero faltaría la ermita que yo».—Á los jóvenes, aunque sólo los conociera de vista, los detenía también para encargarles que fuesen bien animados y que, á ser posible, llevaran su cachito de orquesta. Pero á los que no dejaba sosegar era á los marinos.—«¿Cree usted que estamos seguros? ¿Traerá malicia este airecillo? ¿Lloverá el domingo?». Á las cuales preguntas, los marinos, que deseaban tanto como el interpelante la llegada del día cuyo recuerdo traía á éste desconcertado, contestaban prometiéndole un sol africano. Nada le quemaba tanto como que, al preguntar si llovería el domingo, le contestaran:—«El lunes se lo diré á usted».—«Parece mentira, replicaba don Anacleto, bufando de indignación, que en un asunto tan serio se permita usted semejantes bromas».

Cada nube que se formaba en el horizonte le costaba un disgusto, y la seguía en todas sus formas y colores sin perderla un minuto de vista, hasta que anochecía. Desde entonces hasta que se acostaba, salía al balcón doscientas veces para ver si corría el nublado del vendaval ó del nordeste, y si tenía cerco la luna. Ya acostado, tenía el oído siempre atento á la voz del sereno. Si éste cantaba... «y nublado», se apenaba; pero si decía... «y lloviendo», echaba con furia su cabeza sobre la almohada y le faltaba muy poco para llorar; lo mismo que le sucedía si el reúma le amagaba ó le dolían los callos.

Mientras don Anacleto corría estos temporales, que, como he dicho, le sacaban de quicio, su mujer doña Escolástica tampoco vivía un momento en reposo. Encargaba pollos bien gordos á la lechera; solemnizaba contratos en la plaza del pescado y en los Mercados para que no le faltasen el sábado al mediodía seis libras de merluza y cuatro de ternera; encargaba en la mejor confitería una colineta de almendra, y rebuscaba las tiendas de comestibles hasta dar con un jamón de Liébana «que le llenara el ojo».

Entre tanto, la joven Joaquina revolvía el ropero y el colgador, y aviaba los trajes de hilo de su padre y de su hermano, y repasaba, fruncía y planchaba los vestidos de indiana y los pañuelos de seda que ella y su madre habían de ponerse en el anhelado día.

Y para que todos los miembros de la familia tuvieran su faena correspondiente, el aprendiz de comerciante corría la ceca y la meca para hallar un carro del país que estuviera al amanecer del domingo á las órdenes de don Anacleto.

En medio de tantas y tales fatigas, llegaba la noche del sábado... ¡y entonces sí que tenía que ver la casa de don Anacleto!

Doña Escolástica, recogida la falda de su vestido sobre la jareta del delantal, descubiertos hasta el codo sus brazos, luciendo unas enaguas de muletón bajo las cuales asomaban un par de rollizas pantorrillas envueltas en unas medias caseras de mezclilla de algodón; abierta, á guisa de pantalla, delante de la cara, la mano izquierda, y con una cuchara de palo en la derecha, se hallaba en la cocina delante del fogón. Ora daba una voltereta á un par de pollos en la tartera en que se asaban; ora revolvía, dentro de una enorme cazuela, un trozo de carne mechada, porque se le antojaba que olía á chamusquina; ora sacaba de la sartén, cuyo mango sostenía la criada, una tajada de merluza rebozada y ponía en su lugar otra chorreando huevo batido; ora destapaba la cacerola en que se sazonaba la menestra; ora pateaba porque presumía que «se pegaba» el asado; ora gritaba á la muchacha para que añadiera el guisado que le estaba dando en la nariz, y á la vez reía, canturriaba, bufaba, iba, venía y sudaba la gota gorda.

Cerca de la cocina, en el gabinete del comedor y á la luz de una vela de sebo, daba Joaquinita la última mano á los trajes de campo y colocaba sobre dos enormes sombreros de paja sendas cintas que había planchado poco antes, de color verde esmeralda.

Don Anacleto y su hijo andaban como autómatas de la sala al comedor y del comedor á la cocina: se probaban los sombreros, pellizcaban la merluza y levantaban las coberteras, olían los guisotes y examinaban las piezas de sus respectivos trajes de campaña.

Á las diez se cenaba mal y sin orden un poco de lo mucho que se guisaba en la cocina. Pero ni las ratas se retiraban á descansar mientras no estuviesen perfectamente colocados en sus respectivas cacerolas de latón y cazuelas de barro, los diversos guisotes que había preparado con una pulcritud admirable la señora doña Escolástica.