Por supuesto que al acostarse la familia había la de Dios es Cristo sobre quién había de despertar á quién antes de amanecer, pues nadie tenía en sí mismo bastante confianza para comprometerse á desempeñar lucidamente un cargo tan delicado.

Pero este afán era excusado, porque ni entonces, ni en tiempos anteriores, hubo necesidad de despertadores en la noche que precede al día del Carmen, porque durante ella se encargaban de ahuyentar el sueño de la población las cuadrillas de romeros que recorrían las calles desde el sábado por la tarde.

Pues señor, que llegaba el anhelado día tras una noche de parranderas, de trompadas y de toda clase de expansiones populares. Y aquí vamos á seguir paso á paso á la familia de don Anacleto en una de las expediciones que hizo á la famosa romería; y por aquello de ab uno disce omnes, yo me ahorraré algunas digresiones y ustedes se fastidiarán menos asistiendo á la fiesta popular que les describo.

II

Aún no habían asomado por encima de San Martín los primeros rayos del sol, cuando paró á la puerta de don Anacleto un mal carro del país, arrastrado por dos bueyes remolones. Este carro llevaba, fijo en su armadura, el esqueleto de un toldo, y sobre las tablas de la pértiga, yerba desparramada. Antes que el carretero enrabase á la puerta, bajó al portal la criada de don Anacleto con un par de colchones arrollados sobre la cabeza y plegada al hombro una colcha de indiana con grandes ramos verdes, amarillos y encarnados. Extendió los primeros sobre la yerba de la pértiga y la segunda sobre los arcos del toldo, sujetándola bien á éstos con tiras de hiladillo azul. En seguida volvió á la habitación, y bajó de ella dos grandes cestas que colocó con mucho cuidado en la parte delantera del carro. De estas cestas, la una contenía guisados y frituras, y la otra pan, cubiertos, vino, cacharros y una colineta.

Arreglados ya todos estos preliminares, bajó la familia. Iba delante don Anacleto con tuina, pantalón y chaleco de hilo crudo, zapato descotado, de castor amarillo con lazos encarnados, corbata clara, sin armadura, y sombrero de paja con anchas alas y cinta verde esmeralda.

El chico vestía un traje casi igual al de su padre, con la sola diferencia de que no llevaba chaleco y se había arrollado á la cintura una faja de seda púrpura, entre la cual y la camisa se perdía el extremo de una cadena de similor, que no sujetaba, como el mozalbete quería aparentar, el anillo de un reloj, sino el de la roñosa llave de su baúl.

Doña Escolástica y su hija llevaban vestidos de percal rayado, pañoletas de espumilla á la garganta y pañuelos de seda cruda con grandes lunares, sobre la cabeza y anudados bajo la barbilla.

Entraron estas señoras y la criada en el carro, y se colocaron á la rabera don Anacleto y su hijo, que, para ir más en carácter, se sentaron de espaldas á los bueyes, dejando colgar las piernas fuera de la pértiga.

—Cuando quieras,—dijo el marido de doña Escolástica al carretero.