Y éste, con un ¡arre! y dos castañeteos de lengua, puso en movimiento á las dos entumecidas bestias.

Sobábase las manos don Anacleto y se revolvía en su asiento á cada tumbo que daba el carro, como si tales bamboleos fueran lo más sabroso del viaje que empezaba.

—¡Esto es magnífico!—exclamaba el buen señor al recibir un golpe que á otra persona más imparcial le hubiera arrancado lágrimas de dolor.

Y tras esto, volvía á sobarse las manos y saludaba risueño á cuanta gente pasaba junto al carro con el mismo rumbo que él, y se despedía de los barrenderos y polizontes, á quienes compadecía porque quizá eran las únicas personas sanas de la población que no iban al Carmen aquel día.

Ya en el camino real, sacaba á cada instante la cabeza por encima del toldo y buscaba con la vista algo que no le gustaba encontrar.

—Ya sé lo que busca usted, señor don Cleto—le dijo en una de estas ocasiones el carretero acercándosele con la aguijada bajo el brazo, un papelillo pegado por un ángulo al labio inferior y picando entre los dedos de la mano izquierda, parte de dos cigarros de á cuarto con una navaja que empuñaba su derecha;—pero también este año hay quien ha madrugado más que nosotros.

—Amigo—respondió don Anacleto,—yo no sé cómo se me componen las cosas, que ningún año logro ser el primero... Mira, mira allá por la cuesta de San Justo... Uno, dos, cinco, siete. ¡Ave María purísima!

Lo que don Anacleto contaba eran carros entoldados que precedían al suyo.

—Pero es lo más raro—añadió este buen señor,—que no hay nadie que se atreva á decir «yo llegué el primero:» aunque vaya á amanecer á la romería, se encuentra con dos docenas de carros que están ya cansados de descansar en ella. Pero todo tiene su compensación: si yo cogiera la delantera á los demás, no podría ir gozando, como voy ahora, en la contemplación del cuadro que presenta la carretera. ¡Vaya una animación! ¡Uf! ahí viene esa gavilla de locos galopando... ¡Agur, caballeros!... Sí, échales un galgo... Mira esos cuatro pobres marineros, descalzos y con los remos al hombro: irán á cumplir la promesa que harían á la Virgen del Carmen durante alguna borrasca. Me gusta esa fe. No tendrán tanta esos botarates que van delante de nosotros retozando con las mozas que los acompañan... Arrima un poco á la derecha, Antón, que viene un coche echando demonios sobre nosotros... ¡Tengo un miedo á estas máquinas diabólicas!... Se me figura que va dentro la familia de don Geroncio... La misma es. Beso á usted la mano... saludo á ustedes, señoras... ¡hasta luego!... Como si callaras. Sospecho que ni siquiera me han visto... ¡Pero si pasó el coche como un rayo!... ¡Magnífico está esto hoy, caramba! Lástima que no se pudiera ver de una sola ojeada, con la gente que va por la carretera, otro tanto que va por el atajo de las Presas y embarcada por la bahía... ¡Y que haya mentecatos que se atrevan á decir que á la romería del Carmen le quedan pocos años de vida!

—¿Quién dice eso, don Cleto?