—No, señor: tanto es lo que corre el tren... ¡Toma! como que si sacas la cabeza por la ventanilla, te mareas y apenas alcanzas respiración.
—¡Buenos caballos llevarán los coches!
—¡Qué caballos, bolonio, si toda aquella batahola la mueve el vapor!...
—¡Ah, ya! conque el vapor...
—Pero no es la velocidad lo más espantoso: figúrate que, á lo mejor, se encuentra el tren con una montaña. Lo natural era que la faldeara poco á poco y con mucho tiento para no despeñarse: pues no, señor; como esta precaución exige tiempo, arremete con la montaña, y ¡plaf! la pasa de parte á parte en un decir Jesús...
—¡Santísima misericordia de Dios!
—Te dije que eso es atroz. Pues bien: yo tengo para mí que en el ferrocarril hay algo de amenaza á la omnipotencia de Dios que el mejor día va á hacer una que sea sonada, ofendido de tanta temeridad.
—¿Y to eso es lo que nos van á traer á Santander?
—Eso de traer tendrá sus más y sus menos; pero de traerlo es la intención.
—¿Y tendrá buen aquél ese demonches de diablura en esta tierra? ¿Servirá pa algo?