—Te diré: para la materialidad de las mercancías, podrá ser útil el ferrocarril en este país; mas no para la población, que no se mete en un tren á tres tirones... ¡Bah! ¡pues no faltaba más! Y esto tratándose de viajes de urgencia; porque en cuanto á expediciones de placer, á baños y otras por el estilo, desengáñate, Antón, siempre dirá el carro de bueyes: «aquí estoy yo para in sécula seculorum».
—¿Y cuánto tiempo cree usté que se tardará en hacer el ferril en Santander, caso que se haga?
—Pues hombre, por de pronto, para resolver si ha de ir por aquí ó por allá, échate un par de años; después otro tanto para ventilar dimes y diretes, deslindes y otras dificultades de cajón... cuatro años hasta empezar las obras.
—¿Y para acabarlas?
—¿Para acabarlas?... No me atrevo á decírtelo; pero si encuentras quien te fíe medio millón de reales á pagar en esa fecha, tómale sin reparo...
—¡Y á Cachorru! ¡que te duermes, condenao!
—No los apresures, que á tiempo llegaremos.
—Es que va calentando el sol, y además no me gusta que se me duerma el ganao. Ello es cierto que las probes bestias están toa la semana jalando en el Muelle.
—Pues razón de más para que no las apures... Mira, ponte á tu derecha, que va á pasar otro coche... y cuidado que no atropelles á alguna persona, porque está el camino real cuajadito de gente.
Y en ésta y otras pláticas llegaron nuestros conocidos á Peña-Castillo, donde se hallaron con un preludio de romería en la famosa taberna de Gómez; y siguieron andando, andando hasta la Venta de Cacicedo. Allí se detuvieron un instante para confortar el estómago con un bocadillo y un trago de las provisiones que llevaban, y de otro tirón se plantaron en Revilla de Camargo, sitio de la romería, á las tres horas de haber salido de casa, tiempo que hubiera podido reducirse á la mitad si entonces hubiera estado hecha la rectificación de la carretera de Burgos por Muriedas, que se hizo años después.