—Amigo, estoy atroz: esta tarde la voy á armar.

—Anacleto, no seas temerario, y considera que tienes á Escolástica á dos pasos de tí.

—Timoteo, en un día como hoy á cualquiera se le permite un resbaloncillo... Y no te me hagas el santo, que ya te he visto yo en otras más gordas.

—Concedido; pero... en fin, chico, cuenta conmigo para cuanto se te ocurra.

—Pues vamos á aquel rincón, que allí creo que se trabaja por lo fino.

Y en esto, se dirigieron los dos amigos apresuradamente á un corro donde se bailaba á lo largo al son de dos guitarras y una flauta.

—Aquí va á ser, Timoteo... y con esa resaladísima morena que baila enfrente de nosotros con un macarenito que me carga,—exclamó don Anacleto, piafando de inquietud.

—Mira lo que haces, Anacleto, que hay en el baile gente conocida...

—Nada, Timoteo, no te canses... yo la hago... y va á ser ahora mismo; verás qué luego echo fuera á ese mocoso...

Y al decir esto don Anacleto, se quitó la tuina, se la echó sobre la espalda amarrando las mangas al pescuezo, dejó caer hacia la oreja derecha el sombrero, en cuya copa se levantaba erguida una rama de laurel, aprovechó la ocasión en que la moza morena daba una vuelta, metióse por debajo de los enarcados brazos del mozo que la acompañaba, y diciéndole «perdone, hermano», comenzó á jalearse de lo lindo, aguantando resignado dos cales que le pegó el desalojado mancebo.