Al ver esto don Timoteo, sintió que la boca se le hacía agua; largóle al mismo tiempo su amigo un «¡anímate, muchacho!» y ya no pudo contenerse.

«Echó fuera» al bailador inmediato á don Anacleto, y se lanzó, como éste, en medio del furor del jaleo.

Y no se rían ustedes de la calaverada de estos dos rancios camaradas; que á dos varas de ellos bailaban otros de su misma edad y de su propio carácter, y más allá dos señoritas de lo más encopetado de Santander, y lo mismo sucedía en cada corro de baile de los infinitos de la romería. Entonces era esto una costumbre y como tal se respetaba.

No me parece necesario seguir á don Anacleto y á su amigo en cada lance de los que tuvo el baile á que tan furiosamente se lanzaron. Dejémoslos entregarse con toda libertad á esa calaveradilla, ya que para cometerla han logrado burlar la vigilancia de sus respectivas familias.

Cuando los dos amigos se encontraron satisfechos de la danza, y, más que satisfechos, rendidos, compusieron el traje lo mejor que les fué posible, se dieron aire con los sombreros para refrescarse la cara que les relucía de puro encendida, y se separaron. No sé lo que hizo después don Timoteo; pero me consta que don Anacleto fué á reunirse con su familia y la acompañó á dar la quincuagésima vuelta por la pradera, y compraron escapularios y fruta, y la comieron sin gana, y bostezaron de hartura, de dolor de cabeza y de cansancio (que tal es, en substancia, lo que se saca de las romerías), y volvieron á presenciar las escenas de todo el día y que yo no debo detallar aquí. Porque que se peguen de linternazos cuatro borrachos acá; que dos docenas de señoritos, porque tienen gorro de terciopelo con borla de oro en la cabeza y manchas de vino tinto en la camisa, pantalón sin tirantes y levita al hombro, se crean más allá unos calaveras irresistibles; que un señor cura de aldea más ó menos gordo marche más ó menos recto; que aquí se vendan cerezas y allí manzanas, y cazuelas de bacalao en este figón; que bailen mazourkas en un lado las costuderas y en otro coman callos las señoritas, cosas son á la verdad que con citarlas simplemente se les hace todo el favor que merecen.

Bastante más digno de consideración es el episodio que hizo desternillarse de risa á don Anacleto y á su familia cuando se retiraban en busca del carro para volverse á casa; episodio que voy á referir yo con todos sus pormenores, no porque espere que á ustedes les haga la misma gracia que á aquellos señores, sino porque omitirle sería lo mismo que robar al Carmen de entonces una de las galas con que más se honraba la célebre romería.

Entre un corrillo de aldeanos se hallaba subido encima de una mesa un hombre alto, delgado, rubio, con las puntas de su largo bigote caídas á la chinesca. Este hombre estaba en pelo, en mangas de camisa, sin chaleco ni corbata, y vestía de medio abajo un ligero pantalón de lienzo, mal sujeto á la cintura.

—Ea, muchachos—decía gesticulando como un energúmeno;—llegó la ocasión en que se van á ver aquí cosas tremendas. Yo, por la gracia de aquél que resuella debajo de siete estados de tierra y de donde vienen por línea recta todas las poligamias de la preposición y los círculos viciosos del raquis y el peroné, Micifuz, Juan Callejo y la Sandalia; yo, digo, pudiera dejaros ahora mismo en cueros vivos si me diera la gana, sólo con echar un rezo que yo sé; pero no tembléis, que no lo haré porque no se resienta la moral y todo el aquel de la jerigonza pirotécnica del espolique encefálico: me contentaré por hoy, gandules y marimachos, con algunos excesos híspidos que os dejarán estúpidos y contrahechos de pura satisfacción y congruencia.

Á la cual parrafada se quedó el auditorio como aquél que ve visiones, no tanto por lo que le marearon los conceptos, cuanto por la boca que los escupía; porque aquel hombre era el pasmo de los aldeanos montañeses, tan conocido en las romerías como sus santuarios mismos. Concurría á todas, y no se presentaba en dos de ellas del mismo modo y como la demás gente. Aparecía por el camino más desusado, ya cabalgando al revés sobre una burra, ya á lomos de un novillo; ora vestido de muerte en cueros, ora con tres brazos ó dos cabezas.

Se le conocía igualmente en Santander, de donde era y donde se le veía de continuo tan pronto vestido con elegancia y paseando con los más elegantes, como bailando en Cajo al uso de la tierra con las aldeanas de Peña-Castillo. Era hasta pueril en su tenacidad para chasquear á los sencillos campesinos que llegaban á la capital; y tan benéfico al mismo tiempo, que muchas veces terminaba una broma dando de comer al embromado, ó vistiéndole, ó socorriéndole con dinero si lo necesitaba. Conservó su carácter alegre á prueba de adversidades, hasta el último instante de su vida, que se extinguió muy poco tiempo ha. Este hombre, en fin, cuya memoria me complazco en evocar aquí, porque cuento que con ello no la ofendo, pues si no no la evocara, era Almiñaque.