Pasmados, repito, escucharon los aldeanos el discurso que éste les espetó como introducción á las maravillas que se proponía hacer.
—Aquí tenemos tres perojos—continuó Almiñaque sacándolos del bolsillo del pantalón,—y voy á hacérselos comer por el cogote al primero que se presente.
En esto se le acercó un peine, que así era parte del inocente público, como chino. Almiñaque le aceptó como si le viera entonces por primera vez, le hizo subir á su lado, enseñó al público uno de los tres perojos, púsole sobre el cogote del recién llegado, hizo luego como que le apretaba con la mano, y retirándola en seguida dijo á aquél:
—Abre la boca.
Y el hombre la abrió, dejando ver en ella un perojo que se apresuró á comer.
La concurrencia prorrumpió en una tempestad de admiraciones.
—Pero ¿cómo mil diaños será esto?—decía una pobre mujer aldeana á un su convecino.
—Pus esto—replicó dándose importancia el aldeano,—tien too el aquel en los mengues que lleva Almiñaque en un anfilitero.
—¿Y qué son los mengues?
—Pus aticuenta que á manera de ujanos: unos ujanos que se cogen debajo de los jalechos en lo alto de un monte, á mea-noche, cuando haiga güeña luna. Y paece ser que á estos ujanos hay que dales dos libras de carne toos los días, so pena de que coman al que los tiene, porque resulta que estos ujanos son los enemigos malos.