—¡Jesús y el Señor nos valgan!

—Con estos mengues se puén hacer los imposibles que se quieran, menos delante del que tenga rézpede de culiebra; porque paece ser que con éste no tienen ellos poder.

—De modo y manera es—dijo pasmada la aldeana,—que si ese hombre quiere ahora mismo mil onzas, en seguida se le van al bolsillo.

—Te diré: lo que icen que pasa es que con los mengues se beldan los ojos á los demás y se les hace ver lo que no hay. Y contaréte al auto de esto lo que le pasó en Vitoria á Roque el mi hijo que, como sabes, venu la semana pasá de servir al rey. Iba un día á la comedia onde estaba un comediante luciendo de estas demoniuras, y va y dícele un compañero: «Roque, si vas á la comedia y quieres ver la cosa en toa regla, échate esto en la faldriquera». Y va y le da un papelucu. Va Roque y le abre, y va y encuentra engüelto en el papel un rézpede de culiebra. Pos, amiga de Dios, que le quiero, que no le quiero, guarda el papelucu y vase á la comedia, que diz que estaba cuajá de señorío prencipal. Y évate que sale un gallo andando, andando por la comedia, y da en decir la gente que el gallo llevaba una viga en la boca. «¡Cómo que viga!» diz el mi hijo, muy arrecio; «si lo que lleva el gallo en el pico es una paja». Amiga, óyelo el comediante, manda á buscar al mi hijo, y le ice estas palabras: «Melitar, usté tien rézpede, y yo le doy á usté too el dinero que quiera porque se marche de aquí».—Y, amiga de Dios, dempués de muchas güeltas y pedriques, se ajustaron en dos reales y medio y se golvió el mi muchacho al cuartel. Con que ¿te paez que la cosa tien que ver?

Mientras éstos y otros comentarios se hacían entre los sencillos espectadores, Almiñaque siguió obrando prodigios como los del perojo. De todos ellos sólo citaré el último. Tomó entre sus manos una manzana muy gorda, levantóla en alto y dijo:

—¿Veis este conejo?

—Hombre, así de pronto paez una manzana—murmuraban en el corro;—pero, mirándola bien, no deja de darse un aire...

—¿Veis este conejo, gaznápiros?

—¡Sí!—contestaron todos á coro, con la mayor fe, pues la fascinación que en sus ánimos ejercía Almiñaque era capaz de obligarles á confesar, si éste se empeñaba, que andaban en cuatro pies.

—Pues bueno... pero veo que algunos dudan todavía. ¡Eh, paisano!—añadió Almiñaque dirigiéndose á un sujeto que pasaba cerca del corro, como por casualidad.—¿Qué es esto que yo tengo en la mano?