—Un conejo de Indias,—respondió el interpelado, siguiendo muy serio su camino.

—Ya lo habéis oído. Pues bueno: este conejo se va á convertir en un becerro de dos años y medio, que voy á regalar al que me ayude en la suerte.

En seguida salieron al frente varias personas. Escogió Almiñaque entre ellas á un mocetón como un trinquete, y le dijo:

—Túmbate en el suelo, boca abajo.

El mozo obedeció.

—Más pegado al suelo, más: mete bien los morros en la yerba: así. Ahora berra todo lo que puedas hasta que el becerro te conteste... ¡Vamos, hombre!... ¡Ajajá!... Otra vez... ¡Más fuerte!... Bueno. Ustedes, todos, miren hacia el Oriente, que está allí, y levanten los brazos al cielo, porque el becerro va á venir por Occidente. Muy bien: así vamos á estar dos minutos; yo avisaré.

Y cuando Almiñaque tuvo el cuadro á su gusto, y cuando estaba berrando á más y mejor y sorbiendo polvo el mocetón, escapóse de puntillas y se escondió entre la gente de otro corro inmediato para reir la broma con sus camaradas.

IV

Y ahora sí que nos es de todo punto indispensable salir de la romería, porque don Anacleto, riéndose aún de la broma de Almiñaque, ha mandado al carretero que unza los bueyes y ha colocado alrededor del toldo, por la parte exterior, unas cuantas ramas de cajiga, señales infalibles de que se dispone á marchar.

Otros muchos carros, igualmente adornados, han tomado al suyo la delantera y caminan, entre multitud de personas á pie, hacia Santander.