Una hora después de haber entrado nuestro amigo en la carretera, anocheció, razón por la cual me es imposible referir á ustedes los detalles del viaje, y hallar cronista que se los refiera, pues la vuelta de la romería del Carmen, perdida siempre entre las tinieblas de la noche y bajo las aún más obscuras bóvedas de los toldos, ni el diablo es capaz de describirla en todos sus detalles. Tengo para mí que sólo Dios sabe á punto fijo lo que hay sobre el particular.

Por el ruido que se oía cuando volvió don Anacleto, sospecho yo que debía de reinar grande animación entre los romeros; y sé, porque esto se veía á la luz de las tabernas, que se detuvo el carro en Cacicedo, en Peña-Castillo y en Cajo, puntos en los cuales había otras tantas romerías; y sé, por último, que al llegar á Santander se apeó la familia de nuestro amigo, y que, dando éste un brazo á su mujer y otro á su hija y ordenando al chico que anduviera delante con un ramo enarbolado, entraron todos por la Alameda de Becedo tarareando un pasodoble, al que hacían coro un centenar de chiquillos y cigarreras, atropellando á la gente que había concurrido al paseo con el solo objeto de ver á la que volvía del Carmen.

V

Por espacio de diez años continuó aún don Anacleto concurriendo á esta romería con el mismo entusiasmo que en la ocasión en que se le he presentado al lector. Pero al cabo de ese tiempo se inauguró el trozo de ferrocarril de Santander á los Corrales... y ¡adiós tradiciones!

Contra la opinión de mi respetable amigo, la gente dejó el carro de bueyes y aceptó los trenes de placer; la pradera del Carmen se llenó de romeros trashumantes, digámoslo así, y se armaron en Boó, punto en que se deja y se toma el tren para ir á la romería y volver de ella, esas tumultuosas reuniones de gente de todos pelajes, tan fecundas en borracheras y cachetinas.

El número de concurrentes á la célebre fiesta, lejos de ser hoy menor que en la época en que la honraba don Anacleto con su presencia, es mucho mayor; pero típicamente vale mucho menos. El pito de la locomotora ha espantado de allí el entusiasmo característico de los antiguos romeros. Se baila, se come, se bebe mucho todavía; pero en insípido desorden y casi á la fuerza. El antiguo camino por Cacicedo feneció con el nuevo de Muriedas, y éste, á su vez, y el de las Presas y hasta la bahía, se encuentran punto menos que desiertos el día del Carmen desde que la gente optó por el ferrocarril. Convengamos en que ha habido un poco de ingratitud hacia los viejos usos, de parte del pueblo de Santander, aquí donde no nos oye don Anacleto.

El cual, desde que observó la gran traición, como él llama á este cambio de costumbre, juró dos cosas que va cumpliendo estrictamente: no volver más á la romería, y un odio á muerte al ferrocarril.

Muchos de sus amigos y contemporáneos, uno de ellos don Timoteo, han sufrido con más resignación el contratiempo. Verdad es que odian tanto como don Anacleto el ferrocarril; pero forjándose la ilusión de que no existe, van todavía en carro al Carmen á hacer que se divierten, y á tomar baños á las Caldas, y eso que pasa el tren por la puerta del establecimiento.

—Yo no estoy por esos términos medios—dice furioso don Anacleto al verlos marchar todos los años,—y bien sabe Dios la falta que me hacen los baños termales para el reúma. Pero ó todo ó nada. Quiero el carro íntegro, como el de mis abuelos; quiero las Caldas sin estación y el Carmen por Cacicedo. Mientras esto no exista, no me habléis de moverme de casa, en la cual espero, mirando cara á cara á ese tráfago diabólico de trenes y telégrafos, á que la sociedad vuelva á enquiciarse. Y si yo no lo veo, me consolará al morir la esperanza de que lo vean mis nietos, pues casi tan viejo como el orgullo del hombre, es el infalible proverbio español que dice que «al cabo de los años mil, vuelven las aguas por donde solían ir».