—Sí, á pez... ¡como no saban á pez!...—replica el grandullón.

—Pus ello—dice el del lunar,—yo no las comía.

—Tocante á eso, puei que yo tampoco—añade el rojillo;—pero puei que sí por otro lao, que á Andrés el de la Junquera bien le sabieron el otro día que saltó el huerto y apandó un rucimo.

—Pero ¡contra!—observa el mellado,—ello tamién semos bien güeis, ¿por qué mos han de saber á pez esos rucimos?

—Porque es bruja el ama,—responde el gordinflón con cierta solemnidad.

—Y como que es bruja—añade el rojillo,—tiene los mengues, y tuviendo los mengues, too lo que es suyo sabe á azufre, y supiendo á azufre, toos los cristianos que lo comen revientan de contao.

—Y tamién paece ser que los que son miraos con enquina por las brujas,—dice el del lunar.

—De eso se murió el otro día la hija del tío Juan Bardales—replica el rojillo.—Y jué y la encontró allá abajo la bruja, ajunto casa del señor cura, y jué y no dió á la bruja los güenos días, y jué la bruja y la miró así, así, así... no, más arrevesao entovía... así, así, así; y jué y entráronle unas tercianas á la otra; conque, hijos de Dios, antayer la dieron tierra.

—Y tamién le entró solengua al güey de la viuda, porque la bruja le tocó con el palo...

—Y dice que la otra noche apaició amontá encima del campanario, dimpués de haberse chumpao el aceite de la lámpara del altar mayor, y al dir el campanero á tocar al alba vióla allí agarrá al mango de la escoba; y quisiendo espantarla, hizo la señal de la cruz dijiendo al mesmo tiempo «¡Jesús!» y la bruja se comirtió en un cárabo y tresponió los aires y se jué al monte. Dicen que enestonces golvía de Cerneula de bailar con el enemigo malo.