—¿De modo y manera que en hiciendo la señal de la cruz se va?
—Ó tuviendo ajos y acebache al piscuezo, como tengo yo—dice el rojillo,—y por eso no se ha metío conmigo como con mi madre, que toas las mañanas se levanta con el cuerpo amoratao, de pura dentellá que le ha dao la bruja por la noche.
—Pus á tu hermana—repone el gordinflón dirigiéndose al rojillo,—no le han valío los acebaches, que bien la ha chumpao la bruja.
—Eso fué endenantes, cuando no sabíamos la melecina; pero dende enestonces acá no ha díó á más la ruinera.
—Y si no le ven á uno las brujas—pregunta el bizco, hasta ahora silencioso, aunque atento observador de todo lo que hacen y dicen sus camaradas,—¿no pueden hacerle mal?
—Creo que no,—responde el rubio.
—Pus enestonces, ahora que no está ella en casa, bien podíamos saltarle el huerto.
—Eso digo yo tamién.
—Pus sáltale tú, que en too caso tienes amenículo[1],—propone el grandullón.
—¡Cóntrales!... no me atrivo con too y con eso.