—¡Devino Dios!—exclama al mismo tiempo el gordinflón metiendo los ojazos por el bardal,—si paece que los rucimos le están dijiendo á uno que los arranque.

—Anda, hombre, entra por un ver...

—Cóntrales, no matentéis la cubicia...—dice el rubio, á quien le bailan ya las piernas.

—¡Cudiao que aquél de allá lantrón es manífico!...

—¿Saberá ese á pez, tú?

—Tocante á eso—observa el rubio, con un pie ya en el seto,—podíamos cogerle, y dimpués pipiabas una uva, ¿eh? y dimpués escopías, dijiendo «Jesús»; y dimpués pipiabas otra uva, ¿eh? y escopías y decías «Jesús»; y dimpués pipiabas otra uva y decías «Jesús», y escopías; y si no sabían á pez las pipiabas toas dijiendo «Jesús». ¿No verdá?

Como se ve, el rubio necesitaba muy poco para decidirse á entrar en el huerto; y como lo conocían también perfectamente sus camaradas, no les fué difícil arrancarle sus últimos escrúpulos.

—Pero ¡contra!—observó todavía el travieso rapaz mirando con gran avidez á la portalada de enfrente y rascándose la cabeza á dos manos;—si me guipa mi madre, va á ser pior que si me cogiera la bruja mesma.

También este recelo supieron desvanecerle sus amigos, prometiéndole una vigilancia escrupulosa. En seguida le ayudaron á elevarse sobre el seto, y desde aquella altura, no sin santiguarse antes y besar el amuleto de ajos y azabache que llevaba al cuello, se dejó caer en el huerto.

—No me aceleréis ahora, ¿eh?—dijo desde adentro.