—No tengas cuidao.
—¿Viene anguno?
—No vien delguno. No ta-celeres por eso.
Pasaron escasos cinco minutos de anhelosa emoción para los de afuera, y al cabo de este tiempo apareció en el aire, y sobre el seto, un racimo como un lebrato, que fué á caer á los pies de los cuatro muchachos.
—¿No pipiar, eh?—dijo el de adentro.
—No pipiamos, no,—respondieron los de afuera, recogiendo uno el racimo y los otros las uvas dispersas.
Tomábanlas entre los dedos, como si quemaran, y entre escupitinas y conjuros las llevaban á los labios, probando apenas su provocativo licor.
—Pus no me sabe á pez,—se aventuró á decir uno, muy por lo bajo.
—Tampoco á mí,—añadió otro.
—No vos engoloséis mucho tovía, pusi-acaso,—advirtió el gordinflón, que no se atrevía á chupar una mala uva.