El salto, pues, á tierra de don Apolinar, hizo más ruido en el pueblo que el que han hecho en el mundo los saltos más célebres, desde el de Safo en Leúcade hasta el de Alvarado en Méjico y los de Leotard en los trapecios de su invención. Su entrada en Santander, á la vez que un negocio, fué un triunfo. La plaza le saludó con todos los honores, batiendo á su paso el cobre de las cajas más repletas, y abriéndole de par en par salones y gabinetes. El vulgo se conmovió también con tanto ruido, y en mucho tiempo no conoció al afortunado intruso por otro nombre que el de el indiano del azúcar.

II

No era lerdo el tal cuando se trataba del vil ochavo. Aceptó de buena gana la consideración que se le daba por aquella plutocracia de tradicional severidad, y se propuso utilizar el arma para llegar más pronto con su auxilio al fin á que se dirigía.

Merced á tan favorable coyuntura, no tardó en conocer perfectamente el terreno que pisaba.

Santander era una aldea grande, con casas muy viejas y calles muy irregulares, donde el confort no se conocía ni se echaba de menos. Los hombres de quienes tomaba su prestigio é importancia la plaza famosa del mar cántabro, no levantaban media línea más que él, ni procedían de otro origen más preclaro: indianos más ó menos antiguos; sencillos en sus gustos, vulgares en sus formas, afanosos, pero nobles, en su profesión, ricos casi todos, é ignorantes sin casi, como se dejaba ver en la sencillez primitiva de la población cuyo sostén y principal objeto eran ellos mismos. Verdad es que eran muy orgullosos, más que orgullosos, ásperos, desabridos; pero también es cierto que este resabio sólo se dejaba sentir contra la gente de poco más ó menos, y hasta se trocaba en impertinente amabilidad cuando se trataba de un caudal bien cimentado, de lo que podía certificar él mismo.

Sin riesgo, pues, de deslucirse, antes con muchas probabilidades de preponderancia, podía terciar como uno de tantos en aquel juego en que, con un poco de serenidad y de prudencia, se ganaba siempre.

Formada su resolución, hizo una visita á su pueblo, distribuyó algunos miles de reales entre sus paisanos, y se volvió á la ciudad donde tan importante papel hacía y quedaba algo que, aparte de su proyecto citado, le escarabajeaba en la mollera y tal vez en el corazón.

Este algo era la sexta hija de un rico colega suyo: una joven blanca como una azucena, fina como una seda y sosa como un espárrago. Vióla don Apolinar cuando su padre le llevó á comer á su casa; halló en ella el tipo de sus ilusiones... y no quiso saber más. Pidió su mano, concediéronsela los papás desde luego, y todos los que querían á la favorecida se alegraron: todos... menos uno. Éste era un joven jurisconsulto, de ingenio nada escaso, que seguía desde mucho atrás las huellas á la beldad en cuestión, habiendo recibido de ella más de tres sonrisas y de trescientas miradas, lo cual no era poco en un carácter semejante. Pero la firma del pobre abogado no se cotizaba en el bolsín, y el padre de su ídolo, que sabía esto... y lo otro también, no sosegaba un punto. Júzguese del placer con que oiría las proposiciones del nuevo pretendiente. En cuanto á la pretendida, no mostró hacia ellas la menor repugnancia; y se explica, aunque parezca que no: era el candidato indiano rico, y los novios de esta madera siempre fueron aquí de moda; y yendo á la moda una mujer, va muy á gusto, aunque lleve á cuestas un borrego.

Casado don Apolinar, alquiló tres partes de una casa próxima al Muelle: el piso principal, el entresuelo y el almacén; el primero para habitación, el segundo para escritorio y el tercero para depósito de mercancías.

El entresuelo es el que nos importa, y éste es el que vamos á examinar, tal cual se hallaba algunos meses después de ingresar el indiano Regatera en el gremio mercantil.