Era un salón angosto, largo y bajo de techo. Á la derecha de la puerta de entrada había un doble atril de castaño; á la izquierda, otro más alto, de pino pintado de color de chocolate; junto al primero, dos banquetas, una forrada de badana verde, con tachuelas doradas alrededor del asiento, y otra sin forrar; junto al segundo, otra banqueta, también de madera limpia, y una especie de facistol de la altura de un hombre: entre los dos atriles, es decir, enfrente de la puerta, una mesa de castaño, rodeada de un listón de media pulgada de alto, y con un agujero grande en un ángulo, el cual agujero servía de boca á una manga de lona que por debajo del tablero de la mesa colgaba hasta cerca del suelo; á un extremo del salón, inmediatamente detrás del banquillo de las tachuelas, una puerta recién hecha, con gruesos clavos de apuntada cabeza, cerrada, sobre dos pernos enormes, con un colosal candado de hierro, amén de la llave que, á juzgar por el tamaño del ojo de la cerradura que se veía debajo de aquél, debía de pesar dos libras cumplidas: cuando esta puerta, siempre por la mano de don Apolinar, se abría rechinando, á la luz de un cabo de vela de sebo que el indiano llevaba á prevención, se distinguía en el centro de una pieza de seis pies en cuadro una mole de hierro que, aplicando á una hoja de cierta guirnalda mal grabada que le servía de adorno, la punta de un clavo trabadero, y después de haber dado seis vueltas á una llave especial y de soltar cuatro candados, se dejaba abrir por la parte superior, mostrando entonces, por entrañas, montones de talegas repletas de oro y cartuchos de todas clases de monedas, menos de cobre, pues éstas yacían en saquillos de arpillera fuera de la caja, aunque dentro de la mazmorra también. Por todo adorno en las paredes del escritorio, había un Plan de matrículas, otro de Señales de la Atalaya, una cuartilla de papel con los Días de correo á la semana, y una percha de cabretón. Añádanse á estos detalles media docena de sillas de perilla, arrimadas á los gruesos muros de la caja, y paren ustedes de contar. La banqueta forrada la ocupaba don Apolinar, y la inmediata su amanuense, á cuyo cargo se hallaban también el copiador de cartas y el de letras, más la presentación y cobro de éstas, sacar el correo, abrir y cerrar el escritorio, correr las hojas, etc., etc. La mesa del centro era para contar dinero, el cual se echaba por el agujero á la manga adyacente, que iba á desembocar al saco, previamente colocado debajo. El otro atril, la banqueta y el facistol correspondiente, eran para el viejo tenedor de libros.

Dos palabras acerca de este tipo, cuyo molde se perdió muchos años hace. Era su cargo el término anhelado de una carrera de treinta años de pinche, durante la cual, como es fácil de comprender, todo se concluía en el aspirante: el humor, el apetito, la salud... todo, menos la paciencia y el pulso. Este hombre no reía, ni hablaba, ni pisaba recio desde el momento en que entraba en el escritorio. Entonces se quitaba á pulso el sombrero, y á pulso le sustituía en la cabeza con un gorro de terciopelo negro; á pulso se ponía los manguitos de percalina; á pulso y con respetuosa parsimonia abría los libros, y á pulso mojaba la pluma, y sentaba las partidas, y ataba y desataba los legajos que le entregaba en silencio el principal, á cuyo cargo estaba la obligación de volverlos á recoger. Ordinariamente no fumaba; pero si tenía este vicio, fumaba cuatro medios cigarrillos al día, dos por la mañana y dos por la tarde, uno de ellos al medio y otro á la conclusión de la tarea, la cual tenía para él términos inalterables. No la cercenaba ni un segundo al empezar; pero si al ser las doce en su reloj de plata, por la mañana, ó las seis por la tarde, le faltaba una palabra, una sola letra para concluir el renglón ó período que escribía, alzaba la pluma, la limpiaba sobre el manguito izquierdo, y así quedaba el asunto hasta la próxima sesión. Ni un instante más ni menos de lo justo; ni una plumada siquiera en asuntos de la jurisdicción de otra mesa. En cuanto á los libros, eran suyos, exclusivamente suyos, y el principal mismo tenía que pedirle por favor que se los abriera para examinar el estado de alguna cuenta. ¿Tocarlos otra mano que la suya? ¡Jamás! La contemplación de aquellas letras perfiladas, de aquellas columnas inmensas de números casi de molde, de aquel rayado azul y rojo, era su orgullo, el único deleite de su alma al abrir las extensas páginas de sus dos infolios de marquilla. Un borrón sobre ellas, y su naturaleza, probada al rigor de un método inalterado de treinta años, se hubiera quebrado como débil caña.

Con un hombre así y los demás elementos materiales inventariados de su escritorio, contaba don Apolinar de la Regatera como auxiliares de su instinto mercantil en la nueva campaña que había abierto.

Los corredores le importunaban poco, pues sabían que de un hombre semejante se sacaba escasa utilidad. Efectivamente: don Apolinar, que no se fiaba ni de su sombra, gustaba de hacer los negocios por su mano; y así, no solamente los discutía á su antojo, sino que, no parándose en la fe de una muestra aislada, iba «á la pila», y allí se hartaba de palpar, oler y paladear el género, hasta que le hallaba á su entera satisfacción. Entonces, si el negocio era de «clavo pasado», le abarcaba solo; pero si presentaba la más pequeña duda, le dividía en lotes, y aplicándose uno á sí mismo, se consagraba una semana á conquistar amigos que cargasen con los restantes, mancomunidad en que él entraba con frecuencia á solicitud de alguno de los mismos reclutados. De este modo, si se perdía, la pérdida no podía ser grande; y si se ganaba, eso más habría en la caja. Ganar poco y á menudo, y abarcar algo menos de lo que se pudiera; pisar sobre terreno conocido, dejando siempre «cubierta la retirada»; llevar á la Habana frutos de Castilla, y á Castilla frutos coloniales, ó vender los unos y los otros en la plaza misma, si se presenta ocasión ventajosa; cobrar en moneda sonante y de buena ley; hundirla en los abismos de la mazmorra... y dejar el mundo y las cosas como se hallasen; y «Antón Perulero, cada cual á su juego, y á Cristo por redentor le crucificaron».

Tales eran sus máximas; tal era su ciencia.

He aquí ahora su estilo:

«Muy señor mío y mi dueño: Por la presente, acúsole recibo de la muy atenta y favorecida del tantos de los corrientes, atento á cuyo contenido diré:

«Fué en mi poder la letra que adjunta acompañaba de su mismo puño, á los ocho días vista y cargo de estos señores Cascarilla Hermanos y Compañía, por valor de

«Rs. 12.576 con 31 mrs. de vellón. Mencionados señores han dicho ser corriente referida letra, por lo que hago á usted abono en su cuenta de expresada cantidad, que en su día, y Dios mediante, será efectiva, sin cuyo requisito valgan en mi favor todas las salvedades de costumbre.

«Subsiguientemente me impongo de que me dice usted: ‘Tal y tal (y copiaba aquí cerca de una carilla de la carta de su corresponsal)’. Á lo que respondo refiriéndome á la mía del tantos, en que decía que: ‘Esto y lo otro (y reproducía íntegro un párrafo de su carta citada)’».