El mercado de caldos sigue encalmado, si bien las aceites arribaron ayer á una poca de estima, motivado á que, como era día de correo, se supo que la cosecha de aceituna en el literal de Sevilla amagaba de malogro.

Azúcares. Este dulce en favor, máximen los mascabados y el blanco Bombita y el Guanaja.

Harinas. Este polvo un tanto desconcertado, según el viso que va presentando la sementera en Castilla, al respective de los últimos temporales.

Por el correo de la próxima semana venidera daré á usted nuevas noticias, si el caso lo requiriese. Por hoy sólo tengo que repetirme de usted, como siempre, y para cuanto guste, suyo afectísimo seguro servidor Q. B. S. M.».

Esto, dictado por don Apolinar, lo escribía su amanuense con la más desastrosa ortografía, sobre un ancho papel verdoso sin membretes ni garambainas.

III

Pasaron muchos años, durante los cuales vió Regatera acrecentarse incesantemente su caudal; y fué dos veces Alcalde, y Cónsul, y hasta Prior del Tribunal de Comercio, y cuanto podía ambicionar entonces, por afán de lustre, un hombre como él. Habíale concedido Dios un hijo, para colmo de su satisfacción; y este hijo, después de ir á la escuela y tomar algunas nociones de latín con los padres Escolapios, fué, velis nolis, cuando tuvo quince años, agregado al atril principal del escritorio, con el objeto de que fuera instruyéndose en el ramo, para que algún día sustituyera á su padre en la dirección de la casa que éste había colocado á tanta altura.

Cuando el chico llegó á cumplir los veinte, pasaba en el ánimo del rico indiano algo que le hacía soñar más de lo conveniente. Oía, aunque muy á lo lejos, ciertos rumores extraños, y aspiraba en el aire reposado y tranquilo de la plaza efluvios de un olor que le era desconocido. Leía que en el extranjero viajaban al vapor hombres y mercancías, y que alguna plaza española se había dejado seducir ya por la tentación innovadora. Verdad es que Santander, excepción hecha de las diligencias que años antes se habían establecido, se hallaba en la misma patriarcal tranquilidad en que la dejó él para ir á América y la halló á su vuelta; que su comercio seguía tan rutinario como entonces; que en su exterioridad no revelaba, ni al más avaro, que servía de albergue á una comunidad de capitalistas cuya justa reputación de tales daba ya la vuelta al mundo; y, en fin, que la procesión de carretas cargadas de harina que diariamente asomaba la cabeza por Becedo, lejos de disminuir en longitud, llegaba con la cola hasta Reinosa; pero que afuera pasaba algo, y algo muy grave, era evidente; que ese algo amenazaba la quietud tradicional de Cantabria, estaba bien á la vista. Y ¿qué sucedería en el caso probable de una invasión? No podía él adivinarlo, porque no conocía al enemigo. Era, pues, indispensable conocerle para resistirle si se podía, ó para aliarse á él si valía la pena; y

—¡Vete con mil demonios á ver qué es eso!—dijo un día á su heredero.

Y éste marchó, bien recomendado, á Francia, Inglaterra y Alemania, á instruirse en todo cuanto cupiera en la jurisdicción de un comerciante «á la extranjera».