Seis años se estuvo por allá el joven Regatera; y á su vuelta, presentándose con patillas muy largas, cuellos hiperbólicos y fumando en pipa, le recibió don Apolinar con una ansiedad indecible. El ruido extraño había ido en ese tiempo creciendo, y los efluvios impregnando toda la atmósfera de la plaza; el enemigo avanzaba rápido y hasta se dejaba ver en ella, y don Apolinar y los suyos eran notoriamente el blanco de la saña del invasor: el terreno se hundía bajo sus pies, y en todas partes estaban estorbando. Como á los cómicos viejos que hacen papeles de galán, se les toleraba á veces en obsequio á lo que habían sido; pero lejos de excitar el entusiasmo sus esfuerzos, inspiraban compasión.

Sus trajes, sus costumbres, su estilo, todo en ellos empezaba á ser raro; y el pueblo mismo, tan fiel hasta entonces á las exigencias del carácter de los viejos señores, ocultaba sus ruinas, lavaba su cara, ensanchaba sus calles y se entregaba alegre y ufano al intruso. Decididamente no era la generación de don Apolinar, encanecida y achacosa, la que había de luchar contra aquel torbellino, ni de soportar siquiera su vertiginoso empuje sin perecer en él. De aquí la ansiedad con que Regatera recibió á su hijo al volver éste de «esos mundos de Dios», como decía el pobre hombre cuando hablaba del paradero del expedicionario.

Ni del polvo del camino, como quien dice, le dejó sacudirse.

—Ésta es mi fortuna limpia y saneada: cinco millones y medio, en buques, mercancías y onzas de oro. No eres lerdo ni calavera; pero de nada servirá tu prudencia si los demás te empujan; no me inspira fe vuestro porvenir, porque eso es más fuerte que todos vosotros; y como sería muy triste que después de pasar la vida amontonando talegas tuviera, de viejo, que comer de limosna, retiro del fondo el pico para mí, y te dejo el resto, que no es flojo. Buen provecho te haga y allá te las arregles, que, al cabo, para tí había de ser.

Dijo don Apolinar, y, enternecido, traspasó á las manos de su hijo el cetro de su dorado imperio.

IV

El modesto escritorio quedó radicalmente transformado desde el momento en que el nuevo jefe de la casa se posesionó de él. La caoba, la gutapercha y el aterciopelado papel sustituyeron al castaño, á la badana y á la deleznable cal de aquellos atriles, banquetas y paredones. Cayeron con estrépito los de la mazmorra, y en vez de la pesada caja que amparaban codiciosos, colocóse en el elegante improvisado gabinete, cerca del boureau señorial, un esbelto cofre-fort. Seis dependientes ágiles, alegres y tan elegantes como el principal, se distribuyeron en las respectivas funciones, incluso la de tenedor de libros, que dejó vacante el viejo de marras, mal avenido con los «títeres intrusos». Barómetros de todas formas, tarifas de vapores y ferrocarriles en dorados marcamentos, y mapas de todas las regiones del mundo, llenaban las paredes; prensas para todo cuanto antes ejecutaba la mano del escribiente ocupaban los rincones, y el voluptuoso sofá tapizado brindaba con su comodidad á cuantos esperaban el pago de una letra ó la contestación de un simple recado. Todas las demás minuciosidades del escritorio guardaban perfecta armonía con este tono. En el gabinete del jefe, pero fuera de su alfombrada tarima, se había colocado una butaca para don Apolinar, que, por afición, por interés propio y por necesidad (pues ya muy viejo y no sabiendo más que ser comerciante, se aburría en todas partes), la ocupaba casi todo el día, durmiendo á ratos, oyendo á veces y preguntando á menudo sobre lo que veía y escuchaba.

Giraba la casa bajo la razón de Hijo de don Apolinar de la Regatera, no por respeto cariñoso á la memoria del padre, sino en consideración al valor que su nombre de guerra tenía en el comercio de España y de toda América.

La calma, la reflexión hasta la pesadez, habían sido la expresión característica del espíritu mercantil del indiano; la vivacidad, la inquietud, la prisa hasta la ligereza, lo eran del de su hijo, como creía observar el primero hasta en los actos más triviales de las tareas del segundo.

—¿Londres?—decía lacónicamente un corredor entrando.