—¿Quién dijo Miruella aquí?—insistió Gorio.—Miruella, Miruella... Señor, ¿qué tenía yo que decir de la Miruella?...
—Á propósito de la Miruella, señor cura—añadió el pedáneo cuando se disponía á marcharse:—el portero y yo la hemos encontrado junto á la abacería sin sentido, y por caridad la hemos llevado á su casa al venir acá. Yo creo que de ésta va á dar al diablo lo que es suyo. Conque á la par de Dios.
Y se fueron el pedáneo y el alguacil.
—¡Ajajá! ¡eso era!—tartamudeó Gorio, volviendo á recostarse contra el poyo.
Teresa se quedó como petrificada al oir la noticia. Don Perfecto, olvidándose de todo cuando le rodeaba y pensando sólo en que su presencia sería necesaria al lado de la moribunda, si era cierto que en tal estado se hallaba la Miruella, salió precipitadamente del portal; pero no había dado tres pasos cuando le detuvo Teresa, y entre anhelosa y acongojada, le preguntó:
—Y diga usté, señor cura, ¿de qué se habrá puesto así la Miruella?
—¿De qué?... Acaso de algún golpe,—respondió don Perfecto con notoria intención, desprendiéndose de Teresa y saliendo apresuradamente del corral.
—¡No lo permita el Señor!—exclamó la atribulada mujer, cubriéndose la cara con las manos, como si quisiera huir de algún remordimiento.
Al levantar después la cabeza y abrir los ojos, vió á su marido que comenzaba á roncar tendido como un cerdo sobre el poyo. Al mismo tiempo aparecía en la puerta de la casa la escuálida figura de su hija, que sin duda se cansaba de esperar adentro.
—¡Devino Dios!—clamó entonces la pobre madre, elevando la vista al cielo,—¡mándame un poco de fuerza, porque no puedo ya con esta carga!