El borracho desocupó su bolsillo en las manos de don Perfecto.

Al mismo tiempo, apremiada por el pedáneo, decía la infeliz Teresa:

—No tengo más prenda que dar que la manta de la cama: todo lo demás se lo han ido llevando entre la josticia y la taberna.

—Pues venga la manta de la cama,—decía el alguacil.

—¡Dios mío! ¿Lo oye usté, señor cura, cómo se cumple la maldición de la Miruella?

—¿Quién dijo Miruella?—interrumpió Gorio.

—No se cumplirá esta vez—exclamó con alegría don Perfecto.—Ahí van—añadió, poniendo las monedas en manos del pedáneo,—los cuatro reales y medio de esta infeliz. Y quiera Dios que esta nueva exacción sea tan legítima como las lágrimas que cuesta.

Teresa se anegaba en las suyas; Gorio miraba la escena con aire estúpido, y el pedáneo, mientras destornillaba el tintero y ponía una P enfrente del nombre de Gregorio en la lista, contestaba á la indirecta de don Perfecto:

—Pues por vida mía, señor cura, que la campana no fué para la torre de mi casa; otros sacan de ella más raja que yo, probe.

—Pues mira, hijo—respondió con sorna don Perfecto,—si lo de la raja lo dices por mí, sírvate de gobierno que yo no mandé hacer la campana, ni en la iglesia la hubiera puesto al prever lo que está sucediendo, porque no le gustan á Dios en su casa campanas que suenen tanto como esa... Conque ve en paz, ya que te han pagado.