—Si no hubiera pícaros en el mundo—replicó con cierta intención Teresa,—no se harían borrachos los hombres de bien como el mi marido... Y de toas maneras, yo no tengo hoy con qué pagarvos: así, tirar por onde queráis...
Entre tanto, el señor cura, vuelto de espaldas á todos los del portal, se palpaba á dos manos los bolsillos con febril impaciencia.
—¡Por vida del ocho de bastos!—murmuraba.—No salen más que veintiséis cuartos...
Luego, como si le hubiera cruzado una idea por la mente, se dirigió á Gorio, le sacudió un hombro y
—Oye, Gorio—le dijo,—¿me prestas doce cuartos?
—¿Para beber á escote?—preguntó á su vez el borracho.
—Cabal—respondió el cura,—deseando acertar el deseo de Gorio.
—Pues para eso no presto: lo que hago es jugarlos á la brisca á tres juegos hechos... mano á mano.
—No puedo jugar ahora; pero te prometo devolverte por ellos mañana... veinticuatro.
—Me conviene el ajuste... y allá van esos intereses.