—Y velay—dijo la afligida Teresa;—porque no he querido... porque no he podido pagar ese segundo reparto, me vienen á sacar prenda...
—¡Y vaya si te la sacaré!... como éstas que ves aquí,—recalcó el pedáneo con aire de importancia.
—¡Dichosa campana!—exclamó Teresa afligida.
Á todo esto, Gorio, que se había recostado contra el poyo, comenzó á canturrear con voz chillona y destemplada:
Tocan las campanitas
por la mañana;
tocan las campanitas,
tocan al alba.
—¿Y cuánto te corresponde pagar, Teresa?—preguntó don Perfecto.
—Una barbaridá de dinero, señor.
—¡Taday, moquitona!—gruñó el pedáneo, desplegando la tira de papel.—Verá usté, señor cura... «Gregorio Pajares... cuatro reales y medio...». Conque dígame usted si eso vale la pena de...
—Sí: para el que no tiene pan que llevar á la boca, como si fueran mil duros,—respondió Teresa anegada en lágrimas.
—Con lo que ese mata en la taberna—añadió el alguacil,—había sobrado pa comer arroz con leche todo el año.