—Buenas y santas, señores,—dijo por su parte el alguacil.
—Él os ampare—contestó don Perfecto.—Y ¿qué os trae por acá?
—Poca cosa, don Perfecto—respondió el pedáneo.—Hemos estado otras dos veces á pedir á Teresa el reparto, y como nada nos ha dado, y á la tercera es la vencida, vuelvo hoy con el portero, para que cargue con la prenda, como carga con las que ya trae encima, si no me dan dinero.
—¿Y qué reparto es ese?—preguntó el cura.
—Pues el de la campana.
—¡El de la campana!
—Cabal. El de la campana que se hizo el año pasado, y que todavía está sin pagar.
—Pero, hombre, ¿no se cobró un impuesto seis meses hace para pagar esa campana dichosa?
—Sí, señor; pero paece ser que el secretario echó entonces mal las cuentas, y no alcanzó el dinero que se cobró del primer reparto, y por eso se hizo otro.
—¡Ya! ¿Conque no alcanzó?... ¡Vea usted qué atrasadillo anda en contabilidad el señor secretario!—observó don Perfecto con cierto retintín.