—Sin andróminas, hombre, ni pitismiquis, ¿te debo algo?... Porque si te debo algo, yo soy muy auto para pagarlo ahora mesmo... Conque pide por ese piquito, hermoso.

Al decir esto Gorio, metió su diestra en el bolsillo del chaleco, y sacó, entre puntas de cigarro, papelillos arrugados y pedazos de hojas de maíz, hasta dos reales y medio en piezas de cobre.

—Miá tú—dijo á Teresa,—si yo soy hacendoso y atropao... como no tenía ya para beber esta semana, he vendío hoy al jándalo del Regatón la novilla que nos queda, y me ha dao de señal och... ochhh... ochhh...o riales.

—¡Jesús me ampare!—exclamó Teresa llorando al oir esto.—¿Lo oye usté, don Prefeuto? ¡Lo único que nos quedaba!

—Eso no, devinidá de mis entrañas—repuso el borracho con una horrible mueca que quería hacer pasar por sonrisa.—¿Y este cuerpecito, salero? ¿No te queda para tu sussstento y alegría?... Y si hay algún guapo que lo niegue, que salga al frente... náaa, vamos, que salga... ¿Lo niega usted, padre... prifacio?... ¡Calla! ¿si vendrán á negarlo esos dos sandifesios?

Al decir esto, señalaba Gorio á dos hombres que acababan de entrar en el corral.—Teresa palideció al verlos.—El señor cura levantó sus ojos al cielo murmurando apenas:

—¡Desdichada familia!

—¡Toma!—dijo el borracho,—si es el sacamantas.

Con este nombre se conoce en muchos pueblos rurales de la Montaña al alguacil del concejo, y nunca mejor que en este caso mereció el mote. Casualmente traía al hombro una de dormir y un caldero en cada mano. El hombre que le acompañaba era el alcalde pedáneo: llevaba colgado de un ojal de la chaqueta un tintero de cuerno y una tira de papel en la mano.

—Ya sabes á lo que vengo, Teresa—dijo éste al llegar al portal...—Buenas tardes, señor cura... Dios te mate, borrachón,—añadió encarándose respectivamente con los aludidos.