Redúcese el congreso de Cernégula á mucho bailoteo alrededor del espino, á algunos excesos amorosos del presidente, que, por cierto, no le acreditan gran cosa de persona de gusto, y, sobre todo, á la exposición de necesidades, cuenta y razón de hechos, y consultas del cónclave al cornudo dueño y señor. Tal bruja refiere las fechorías que ha cometido durante la semana; otra pregunta cómo se las arreglará para acabar en pocos días con esta hacienda ó con aquella salud; otra manifiesta que la familia de aquí ó de allí goza de una alegría y un bienestar escandalosos, y que, en su concepto, debe hacérsela algún daño, etc., etc., etc... Á todo lo cual provee el demonio en el acto, en unos casos dando consejos, en otros echando la maldición que saca lumbres; proporcionando á esa bruja ciertos polvos para que se los haga tomar á Petra, á Antonia ó á Joaquina, con los cuales es segura la jaldía á las pocas horas; indicando á otra la necesidad de que al vecino X ó Z le chupe un par de reses, ó haga malparir á su mujer; y, en fin, ilustrando y auxiliando con toda clase de luces y medios materiales al numeroso congreso, para la mayor honra del demonio y desesperación de los pueblos. Estas soirées duran desde las doce de la noche hasta que el alba asoma sus primeros tornasoles sobre las cumbres más altas.
Aceptando esta versión el vulgo como artículo de fe, no bien la fama califica de bruja á una mujer, ya se pone aquél en guardia contra ella.—Nadie pasa de noche junto á su casa; no se toca cosa que le pertenezca; se le da en todas partes el mejor sitio, y en cuanto vuelve la espalda, se le hace la señal de la cruz. En la calle se la saluda desde media legua, y las mujeres en cinta huyen de su presencia como de la peste; las que ya son madres separan á sus niños del alcance de su vista para que no les haga mal de ojo. Si á un labrador se le suelta una noche el ganado en el establo y se acornea, es porque la bruja se ha metido entre las reses, por lo cual al día siguiente llena de cruces pintadas los pesebres.—Si un perro aúlla junto al cementerio, es la bruja que llama á la sepultura á cierta persona del barrio; si vuela una lechuza alrededor del campanario, es la bruja que va á sorber el aceite de la lámpara ó á fulminar sobre el pueblo alguna maldición. En una palabra, todo lo triste, todo lo desgraciado, todo lo calamitoso que ocurre en la jurisdicción de una bruja, se atribuye por el vulgo á las malas artes de ésta.
Acontece que las llamadas brujas son mujeres de la misma piel del diablo, es decir, enredadoras, chismosas, borrachas y algo más, en el cual caso explotan en beneficio de sus malos instintos la necia credulidad de sus convecinos; ó son como otra persona cualquiera, y acaban por ser completos demonios, acosadas, escarnecidas y vejadas por el fanatismo popular; ó son, en fin, mujeres virtuosas y honradas á carta cabal, y entonces viven, las desdichadas, mártires de la más estúpida persecución.
De los tres grupos he conocido brujas en la Montaña.—La Miruella pertenecía al último.
Había venido al pueblo bajo los auspicios de una vieja viuda sin hijos, que al morir le dejó la casita y el huerto. Era la Miruella[3] (que así se la bautizó al llegar al pueblo por su pequeñez de cuerpo y afición á vestirse de negro) más discreta que el vulgo que la rodeaba, y ésta fué su perdición.
Sus atinadas sentencias, sus sesudos pareceres, dejaban boquiabiertos á los aldeanos; y como además era amiga del retiro, ó por lo menos, enemiga de murmuraciones, corrillos y tabernas, dióse en decir que tenía pacto con el diablo.
La Miruella notó al asomar sus primeras arrugas y al perder el último diente, que comenzaba á cundir la fama de sus brujerías. De este modo vió pasar toda su larga ancianidad entre el horror y la repugnancia de sus convecinos. No le fué dado en todo este tiempo ni siquiera el placer de hacer un beneficio, porque al conocer su procedencia todos le rehusaban.
Una vez comenzó á arder su casa y no hubo una mano caritativa que la ayudara á apagarla.
Era el verdadero paria á quien se negaba la hospitalidad y hasta la sal y el fuego. Para ella jamás había conmiseración, porque se le atribuían todos los infortunios que sufrían sus convecinos, y si no se le daba cada día una paliza, no era por repugnancia al acto en sí, sino por miedo á la venganza de la apaleada, que podía no morir de las resultas.
Teresa, que sobre ser la vecina más desgraciada del barrio, era la más propensa á la superstición, amén de ser la que más cerca vivía de la bruja, fué, por consiguiente, la que se creyó más perseguida por ella y más castigada; no la olvidaba un solo instante, y en todos los de su vida el odio que la profesaba era sólo comparable al horror que hacia ella sentía. De aquí su convicción, al arrojarle la piedra cuando la creyó causante también de la descalabradura del rojillo, de que, matando á la bruja, libraba á su familia de la perdición y de una calamidad al pueblo.