Un solo corazón había en él que no fuera insensible á los tormentos que sufría la Miruella; una sola mano que para ella no se cerrara; una sola lengua que no la maldijera: el corazón, la mano y la lengua del señor cura. Este santo varón no se cansaba de consolar ni de socorrer, en cuanto podía, el amargo infortunio de tía Bernarda.

Don Perfecto no era uno de esos sacerdotes ideales que se ven á menudo en el teatro y en las láminas de las entregas de á cuarto, con los ojos vueltos al cielo y los brazos en cruz, que hablan en sonetos y van seguidos de un enjambre de niños á quienes enseñan la doctrina y regalan castañas: era un tipo bastante más terrenal, así en figura como en estilo, sin que por ello fuera menos virtuoso. Predicaba el Evangelio del día todos los festivos, y si en su elocuencia no era un pico de oro, en los efectos de sus pláticas podía apostárselas al más inspirado, porque conocía, como las suyas propias, hasta la más liviana flaqueza de sus feligreses, y siempre les hería en lo vivo. Dar al pobre lo que le sobraba á él y vivir con lo más indispensable, le parecía un deber social, cuanto más de conciencia para un sacerdote; sacrificar hasta su vida por la del prójimo, la cosa más natural del mundo, y conquistar al demonio un alma para Dios, el colmo de sus ambiciones. Por lo demás, le gustaba hablar de vez en cuando con sus feligreses de los azares de la cosecha de éstos; oirlos discurrir sobre análogas cuestiones; corregirles más de cuatro desatinos, y hasta atufarse un poco con los más díscolos. En cambio todos le querían bien; y eso que nunca le hallaron en la taberna, ni recorriendo las ferias ó los mercados de las inmediaciones.

Como á su larga experiencia y natural penetración no se había ocultado la guerra implacable que se venía haciendo á la Miruella, creyéndola bruja el pueblo con la mayor buena fe, á cada paso estaba predicando contra ésta y otras preocupaciones semejantes, tan ocasionadas á excesos de imposible remedio y de incalculables consecuencias. No le gustaba que le tildasen de entremetido, por lo cual prefería este sistema de amonestación indirecta al de acometer de frente al objeto de sus excitaciones, que le era bien conocido; esperaba que los sucesos le proporcionasen una disculpa notoria para adoptar el segundo método que juzgaba más eficaz que el primero, y por eso le hemos visto entrar tan resuelto en casa de Teresa, después de haber presenciado la agresión brutal de ésta sobre la infeliz anciana.

Lo que le dijo durante el diálogo que con ella tuvo y queda consignado más atrás, no era más que el introito de lo que pensaba decirle después; pero habiendo oído la noticia que le dió el pedáneo, creyó de su deber acudir á lo más urgente; y para él no había nada que reclamase su presencia con mayor derecho que un feligrés en peligro de muerte.

Cuando la Miruella, pasado el primer efecto de la pedrada, se empeñó en continuar su camino, no calculó bien la infeliz todas las consecuencias del golpe. Así fué que, pocos pasos antes de llegar á la abacería adonde iba á comprar tres ochavos de aceite, volvió á perder el sentido y cayó como un tronco seco sobre los morrillos de la calleja. Viéronla en tal estado el pedáneo y el alguacil, y Gorio que, aunque borracho, no dejó de enterarse del suceso; y ya que no como prójimos los dos primeros, como miembros de la justicia se creyeron en el deber de conducir á la vieja á su casa.

Al entrar en ella don Perfecto, halló á tía Bernarda tendida sobre un jergón que le servía de lecho, con todo el aspecto de un cadáver. Que á su lado no había un alma caritativa que la cuidase, no hay para qué decirlo.

Largo rato pasó sin que la enferma diera señales de vida, durante el cual don Perfecto no cesó de rociarle la cara con agua fresca y de darle á oler un poco de vinagre que halló en un pocillo desportillado. Al cabo abrió los ojos la Miruella y balbució algunas palabras ininteligibles. Cuando su mirada fué algo más firme y pudo conocer distintamente al señor cura que no se separaba de su lado,

—Siempre es usted mi providencia, don Perfecto,—dijo con voz lenta y apagada.

—Es mi deber, tía Bernarda, consolar á los afligidos y auxiliar á los menesterosos—contestó con acento cariñoso el sacerdote.—¿Padece usted mucho?—añadió en seguida, viendo la angustia con que respiraba la anciana.

—No, señor... al contrario... ahora que veo que el Señor me llama á sí, me siento muy animada... porque yo... á no haber ofendido á Dios en ello, muchas veces hubiera deseado la muerte.