—¡Tía Bernarda!...
—Sí, señor cura... Usted sabe muy bien que mi vida... ha sido una pasión... sin tregua ni descanso.
—Más dolorosa fué la de Jesús, y era un justo.
—Sí, señor... y por eso le alabo en mis penas... y bendigo la mano que me azota... por eso... Pero, padre mío... siento que se me apaga la vida poco á poco... y necesito aprovechar el tiempo que me queda... Quisiera que después de morir yo, no fuera mi fama tan aborrecible á mis convecinos... como ha sido mi vida... y quisiera también, de paso... volver á alguno... la que está perdiendo por miedo á una falta, que yo sola conozco... y debo, en conciencia, descubrir á usted, para que devuelva la paz á una familia... y el honor á un muerto.
—¿Y qué puedo hacer yo en beneficio de tan santos propósitos?
—Oirme, si á bien lo tiene... Una noche entró por esa puerta una moza hecha un mar de lágrimas... buscando en el miedo que da esta choza á los demás, el secreto que su estado necesitaba... Engañada por un hombre... con promesas muy formales... estaba á pique de echar al mundo... el fruto de su falta, que hasta entonces... había podido ocultar... á la poca malicia de su madre... Dolida de su desgracia, le presté toda la ayuda que podía... Siete días estuvo oculta en esta casa.
—Y al cabo de ellos—interrumpió don Perfecto, no sé si por economizar fuerzas á la enferma, ó por seguir mejor la pista á alguna sospecha que acababa de adquirir,—quizá su familia comenzó á alarmarse por su ausencia.
—Justamente... porque ella... según me dijo, para su familia se hallaba en el molino... á legua y media de aquí...
—Y esa muchacha, como es natural, hoy vivirá llena de inquietudes...
—Y acabando por instantes la vida que le queda... si vida puede llamarse... la pesada cruz que arrastra la infeliz...