—Y probablemente se atribuirá su enfermedad...
—Á mis hechizos... señor.
—Vea usted... ¡lo que es obra de un remordimiento!
—Y del abandono en que la tiene el desalmado que la perdió.
—Tía Bernarda, la misericordia de Dios es infinita y su justicia infalible.
—En eso confío... por ella... y por mí también.
—¡Y usted ha sufrido con resignación el odio de esa familia, cuando con una palabra!...
—Antes que decirla... me hubiera arrancado la lengua... La honra del prójimo es para mí más sagrada que la mía... Por eso le descubro este secreto á usted, que sabrá hacer con él lo que se debe... sin que padezca el honor... de esa desgraciada; que, á tanta costa, no quiero que valga lo que le he dicho...
—Yo sabré respetar tanta lealtad, tía Bernarda... Pero ¿qué fué del fruto de ese pecado?
—Á eso iba, y ello le baste por toda señal... Recibió de mis manos el agua de socorro... y se volvió al cielo... el ángel de Dios... De lo demás... creo que está usted más enterado que yo... Y ahora, padre mío, que dejo arreglada esta última cuenta con el mundo... pensemos en la que voy á dar á Dios dentro de poco... y para ello, óigame en confesión.