III

Celipe (a) Fantesía, era un mozalbete presumido, con humos y tal cuál prueba de seductor. Últimamente se hallaba en matrimoniales proyectos con una huérfana que tenía doce carros de tierra y media casa, aunque en manos de su tutor y tío, gran pleitista y enredador, con quien vivía.

En el momento en que aparece en escena Celipe, á la ventana del cuarto que ocupaba en el portal, especie de lobanillo característico de la mayor parte de las casas de aldea montañesas, la cual habitación se le había cedido porque no molestara á la familia en las altas horas de la noche al volver de sus frecuentes galanteos y francachelas, mirándose la cara en medio palmo de vidrio azogado, aprovecha los últimos fulgores del crepúsculo para atusarse el pelo sobre las sienes, mojando los dedos en su propia saliva.

Antes se había calzado sus zapatos amarillos con lazos verdes y encarnados, y vestido su chaleco de pana con profusión de galones de color en las orejillas de la espalda. Cuando acabó su peinado echó la chaqueta sobre el hombro izquierdo, se colocó un calañés en la cabeza, muy tirado á la derecha, y se dispuso á salir. Aquella noche iba á cantar á su novia, y esperaba que ésta le recibiría después en la cocina. Por eso se pulía tan esmeradamente. En esto oyó sonar la campana grande de la iglesia, con un tañido especial.

—Tocan á administrar[4]—dijo para sí.—¿Á quién será?

Al mismo tiempo oyó llamar á la puerta de su cuarto.

—¡Ave María!

—¡Sin pecado concebida!—respondió abriéndola de par en par.

Y se halló frente á frente con don Perfecto.

—Buenas noches, Felipe.