—Buenas las tenga, señor cura,—contestó Felipe muy sorprendido.
—¿Te extraña mi visita?
—Á la verdá que... no sé qué pueda traer á usté por aquí á estas horas.
—La cosa más natural del mundo, hijo—replicó don Perfecto entrando en el cuarto y cerrando la puerta.—Cuando el prójimo no viene á nosotros en las grandes ocasiones, hay que ir á buscar al prójimo adonde quiera que se encuentre.
—Y, si á mano viene, ¿en qué puedo servir á usté?
—En mucho, hijo, en mucho... Pero ¿estamos solos?
—No hay en casa más que mi padre, y ese anda en la corte arreglando el ganao.
—Corriente; y si me viera, no faltaría una disculpilla que darle... Ahora, óyeme. Hace siete meses fuiste una noche á despertarme y me pediste, por la honra de una mujer, que diera sepultura sagrada al cadáver de un niño recién nacido que traías debajo de la capa... Como me aseguraste que el niño había recibido agua antes de morir, y yo respeté el misterio en que querías envolver el asunto, y mucho más la honra aquélla de que tanto me hablaste, sin meterme en más averiguaciones, que, en todo caso, competían á Dios en el cielo y á la humana justicia en la tierra, dí sepultura al cadáver, sagrada como era debido.
—Y Dios le pagará á usté la buena obra,—dijo con notoria emoción Felipe.
—No se trata de eso ahora, sino de que la madre de ese niño se está muriendo de vergüenza y de pesar; de que esa agonía espantosa se atribuye á otras causas inventadas, que perjudican á la buena fama de una inocente, y, por último, de que el único que puede devolver la salud y la paz á esa madre y la honra á la culpada, es el padre del niño que tú llevaste á enterrar aquella noche.