—¿Y qué tengo que ver yo?...—tartamudeó Felipe, más pálido que su camisa.

—Mucho—respondió don Perfecto en tono decidido;—mucho, Felipe; porque tú eres el padre de ese niño y el seductor de su madre.

—¡Bah, bah!... señor cura—repuso el mozalbete, desconcertado ante aquella estocada á fondo.—Y aunque eso fuera verdá, ¿qué había de hacer yo al auto de?...

—Cumplir una palabra que comprometiste á cambio de una honra que quitaste. Pagar lo que debes á Dios, si eres cristiano, y al mundo si eres honrado.

—Señor cura—observó tímidamente el jaque,—yo... Y, por último, ya hablaremos de eso.

—No, hijo mío, no; tenemos muy poco tiempo que perder, y por eso vengo ahora á tu casa.

—Además, hay otros compromisos para mí de mucho... de mucho aquel, que...

—No hay mayores compromisos que los de la conciencia, Felipe... Y te advierto que si tratas de realizar proyectos que se opongan á lo que hiciste con esa infeliz, que se muere de vergüenza, no te perdonará Dios, ni en el mundo habrá paz para tí.

No era Felipe malo de corazón, pero le tiraban mucho los doce carros de tierra y la media casa de la huérfana; mucho más que los compromisos contraídos en momentos de vértigo amoroso, sin que por eso dejaran éstos de morderle un poco la conciencia á cada seguidilla que echaba á la ventana de su nueva amada: así fué que en el largo rato que duró su conversación con don Perfecto, nada pudo éste conseguir de él sino evasivas más ó menos respetuosas.

Entonces fué cuando el cura se resolvió á echar mano del recurso en que había pensado, por lo cual había ido á aquella hora y en aquellas circunstancias á ver á Felipe.