—Ya que no me concedes este favor, que al cabo había de redundar en tu bien—continuó don Perfecto,—no me negarás otro que también vengo á pedirte.

—Hable usté, señor cura—dijo más animado por su supuesta victoria el mozalbete,—que en siendo cosa que yo pueda...

—¿Quieres acompañarme á llevar el Santo Viático á un enfermo?... No tengo quién me ayude, si no es un chico que por caridad se ha prestado á tocar la campana que estás oyendo.

—Eso para mí es una obligación, don Perfecto, y siempre que puedo lo hago, cuanto más ahora que usté me lo pide... ¿Y quién se muere?

—La Miruella, hijo.

—¡La Miruella! ¿Y de qué?... ¡Si la he visto esta mañana!

—¿De qué? De vieja; y además de... de un golpe.

—¡De un golpe!...

—Sí, hijo, de un golpe. Una madre que la tiene odio porque cree que su hija se muere embrujada, ayudada de la ira que la cegó, la tiró con una piedra y...

—Y esa hija... ¿es verdá que se muere?