—Sí; pero se muere de vergüenza, porque á título de casamiento...

—¡Vamos, vamos, don Perfecto á llevar el Señor á tía Bernarda!...—exclamó aturdido Felipe, como si no quisiera oir más de aquellas palabras que caían sobre su conciencia como gotas de plomo derretido.

Un cuarto de hora después salía de la iglesia el Rey de los Reyes en manos del digno sacerdote. Iban delante Felipe, con un farol y un Crucifijo, y un muchacho que hacía sonar acompasadamente una campanilla; detrás, casi todo el barrio y parte de los más próximos á la iglesia, descubiertos los hombres, y las mujeres con un refajo sobre la cabeza, llevando una luz en la mano cuantas habían podido hallar en casa un mal cabo de vela.

Cuando la imponente comitiva llegó á la plazoleta que conocemos, se vieron, al escaso resplandor de las luces, arrodillados fuera de la portalada, á Teresa, que lloraba; á Juana, que parecía ser ella la que necesitaba el último consuelo de la religión; al rojillo, que tiritaba de miedo, y á Gorio que, disipada ya su borrachera, hundía la cara en el pecho, como si se avergonzara de exponer tanta abyección y tanta miseria delante de tanta majestad y tanta pureza. Estos personajes se agregaron luego á la comitiva y entraron con ella en casa de la Miruella, no sin grandes apreturas, por la excesiva estrechez de aquélla. Teresa y Gorio no se contentaron con entrar, sino que se pusieron cerca del altar que se había improvisado sobre una vieja mesa cerca del lecho de la enferma. El señor cura había cuidado también de revestir las paredes inmediatas con dos colchas suyas de percal, para hacer aquella pobre morada menos indigna del Huésped que iba á honrarla[5].

Al verle tan cerca de sí, la moribunda anciana quiso incorporarse, pero sus fuerzas no se lo permitieron.

—Teresa... Gorio... Juana... Antonia... Felipe...—dijo en seguida, y á medida que iba distinguiendo las personas que la rodeaban, con una voz que, aunque débil, se dejaba oir de todos, por la pequeñez del recinto y el silencio que en él reinaba,—¿tenéis algún resentimiento contra mí?

—No,—contestaron vigorosamente todos aquéllos que, una hora antes, hubieran dado de buena gana un tizón cada uno para quemarla viva.

—¿Me perdonáis cualquier agravio, cualquiera ofensa que en vida os haya podido hacer?

—Sí perdonamos.

—Yo, en cambio, os juro... en presencia de Dios que voy á recibir... que jamás mi lengua se movió para infamaros, ni mis manos para ofenderos, ni mi corazón para odiaros... que os hice todo el bien que pude, y que no pagué... con deseos de venganza el mal... que de vosotros recibí...