La mayor parte de los días no comen, bien porque han llegado tarde á casa, ó porque no se han atrevido á acercarse á ella temiendo un castigo bárbaro por el siete que se hicieron en la blusa ó en los pantalones, jugando con sus camaradas; es decir, por el único de sus pecados digno de perdón.

En las fuentes públicas se les niega por las fregonas el derecho de beber un trago de agua en el caño, cuando á él se acercan sedientos y fatigados.

Lo que en los niños «decentes» se castiga en la calle con una reprensión ligerísima, les cuesta á ellos un par de puntapiés ó un trancazo, y todo el mundo se cree con el derecho de tirarles con una banqueta, de romperles un brazo ó de abrirles la cabeza... de matarlos, si es preciso.

La prensa local los denuncia á todas horas á las iras de la autoridad, y los llama granujas, pilletes, canalla y otros primores por el estilo, y pide para ellos zurriagazos, encierro y hasta banderillas de fuego.

El noventa y cinco por ciento de los chicos atropellados por carros y caballerías y de los ahogados en verano en las Higueras ó San Martín, pertenecen al grupo de los de este cuadro.

De ellos son los que en el crudo invierno, arrojados de casa donde no se los compadece porque no se los ama, tiritan de frío desnudos y descalzos, y sufren, acurrucados en el quicio de una puerta, los rigores de una fiebre.

Todos ellos, al tornar de noche á sus hogares, tras un día de inquietudes y fatigas, tal vez heridos y, de fijo, mal alimentados, saben, por una cruel experiencia, que les espera, después de muchos golpes y maldiciones, un duro pedazo de pan para acallar el hambre y un no muy blando jergón para reposo del cuerpo.

Ellos son, en fin, ¡desventurados!, nunca han sabido cuánto consuelan y purifican el alma la dulce y sabia tutela de un padre y los besos, las oraciones y los cuidados de una madre cariñosa.

III

Estas criaturas, cuya viveza, cuya osadía, cuyo ingenio precoz harían esperar á cualquiera algo, muy bueno ó muy malo, pero algo extraordinario para cuando fueran hombres, tienen, sin embargo, el fin más vulgar, prosaico y triste que imaginarse pueda.