Ramón Zubiaurre, pint.
TODAS las mañanas, próximo al mediodía, se oye la voz fresca, ligeramente engolada, de Cataliñ. Se detiene unos minutos en la venta, y es como si llegase una ráfaga de feminidad trascendente, o como una expresión de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los encargos, y esta misión de portadora y recadista no es sólo la que hace deseable su llegada; es ella misma, por sí misma, quien se hace desear.
Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la perturban deliciosamente. Y mientras los boyeros, con malicia cazurra, aluden a su garbo y le insinúan algún piropo, ella va y viene, toda ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbación pone en sus mejillas un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores, entonces brillan como dos animadas joyas.
¡Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el más lindo del contorno. Pero la hermosa Cataliñ no monta en él. ¿Para qué? A ella le basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad, tan pronto alumbra el día, y subir a la hora meridiana hasta el remoto caserío que está posado, realmente como un ave blanca en una gran pradera, al pie de una montaña.
Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cándida leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno. El caballito de Cataliñ es el noble y el aristócrata de la reata; con su paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando el pan más crugiente de todos.
¡Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las dóciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su rítmico, su cimbreante paso. Todavía se oye la voz de Cataliñ. ¡Oh qué dulce, qué humana, qué femenina voz de perla!
Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de sus amigas, parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más consumada humanidad.
Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que vale siempre, virgen.
Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós, frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y exclamando una última frase con su tierna voz engolada, ingenuamente pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan bellas y fragantes como tú!...