Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme, ¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado de cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día.
También llegan los troneras del villorrio. Conocen los couplets de moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de Vilinch, un couplet de la Argentinita y un trozo de ópera italiana. También saben tocar el acordeón.
¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón, tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales, nostálgicas hasta el llanto.
En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce tal vez su fosforescencia supersticiosa un gusano de luz. Un perro ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que invita a soñar... ¿en qué? No se sabe.