Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra, movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son, frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar, verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota, dejan en ellos una huella imborrable.

Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas. Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a los puntos más vivos de la virilidad.

No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el vano de las almenas...

Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!

La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan mucho entre los vascongados.

Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una plaza a un inglés que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del box. El inglés le aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería. Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos: «¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte un leño.

Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez, no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil, mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia, tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.

Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a las traineras de pesca, las barcas, en los buenos días de mar calmosa, corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la pugna, que por el logro de la práctica pesca...

Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea, el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie, hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).