VII
ELOGIO DEL MAR CANTABRICO

Tellaeche, pint.

CÓMO se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas.

Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua infinita. Y estando lejos del mar es como se le estima y quiere con más fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido su recuerdo.

Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.

El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno.