El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes. Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos adolescentes.
Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como un sentimiento nostálgico, sonante como una música.
Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen:
Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto; distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.
Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.
Otras veces se me representa el concepto del mar en una forma menos aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno.
Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses; cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises, teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre...
¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!