Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.

Desde el restaurant de un club elegante, por la ventana entreabierta, sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo, próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien, sucesivamente.

Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo, los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia y de vida irreparable, irresistible.

Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe, entra mansamente en el mar.

IX
ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS